Winston Seeker

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Es él, me dijo Corín desde el último escalón de la escalinata que terminaba en la cubierta superior de ese enorme yate. Winston Seeker estaba de espaladas, era delgado y de talla medio. Una melena descuidada caía sobre una camisa de manga larga algo envejecida, Una vestimenta que completaba con un pantalón de verano muy informal. Una imagen de los años 60 que encajaba muy poco con ese ambiente de lujo y opulencia.

Al darse la vuelta me quedé sin palabras. Era Josu, o si no una persona idéntica a él. Josu…Winston, me sonrió. Parecía que disfrutaba de mi cara de sorpresa, pero lo hacía sin malicia.

- Hola Manu, ¿ha ido todo bien?, preguntó de manera pausada

- Sí, sí…bueno no, nada bien! respondí intentando transmitir estar ofendido

- Ya, ya me imagino. Ahora te explico Manu, pero antes, Corín, ¿hiciste lo que te dije?

Mientras miraba cómo se acercaba a Corín y revisaba unos papeles que ella llevaba en el portafolios, empecé a recordar algunos de nuestros encuentros.

Pero, ¿quién era Josu? La verdad es que no lo sabía, no sabía dónde vivía, al menos hasta ahora, no tenía su número de móvil, ni su email, no encontré su perfil en Facebook, ni en Linkedin, tampoco aparecía ninguna referencia en Google, incluso dudada de que ese fuera su verdadero nombre.

Todavía recuerdo con claridad la primera vez que hable él. Como todo lo que le rodeaba fue algo insólito, y aún ahora no llego a entender cómo sucedió. Una mañana a principios del verano, pocas semanas antes de casarme, me encontraba en la sala de videoconferencias de la asociación de empresas para la que trabajaba en Bruselas. Tenía que pilotar una reunión online con técnicos de varios países. Se trataba de un comité de coordinación y por primera vez mi jefe me pidió que acudiera en solitario a la misma. El tema era sencillo, había que informarles de los últimos pasos que habíamos dado para la organización de encuentros con altos cargos de la Comisión, con el objetivo de influir en la tramitación de un reglamento que podía perjudicar su negocio tecnológico en la Unión Europea.

De manera previsora activé la teleconferencia cinco minutos antes, dejándola abierta a la conexión de los otros asistentes. Casi de forma inmediata accedió el primer invitado, lo que me sorprendió, ya que en este tipo de reuniones es poco habitual conectarse antes de la hora. La voz metálica de la máquina anunció su nombre, Josu, de España. Sabía que nuestro socio español iba a entrar, pero me sorprendió su nombre, ya que no conocía a ningún Josu en la matriz valenciana.

Comencé a hablar sin indagar más sobre este asunto, al fin y al cabo, era bastante común la suplencia de los asistentes y quizás, yo tendría que saber quién era, así que preferí dar por supuesto que se trataba de la persona que esperábamos. Ya había participado en muchas de estas teleconferencias y sabía de forma intuitiva como mantener vivos esos incómodos y distantes tiempos muertos.

-       “Buenos días Josu, supongo que por Valencia mucho mejor que por aquí, que no para de llover”,

El tiempo era uno de los recursos más socorridos, que siempre permitía abrir esas intrascendentes conversaciones entre colegas casi desconocidos

-       “A mí me gusta la lluvia”, respondió Josu al cabo de unos segundos

Fue un comentario casi trascendente, sin prepotencia, como quien intenta compartir una humilde confesión. Lo dijo con una voz suave y profunda, de cadencia pausada.

-       “Bueno, bueno, pero para nuestro negocio, el que llueva poco es buena cosa”, dije de forma poco reflexiva, intentando ser ocurrente y a la vez un buen profesional del sector de los riegos.

Durante unos segundos dudé que hubiera escuchado mi comentario.

-       “¿Cómo van los preparativos de tu boda?”, preguntó Josu con toda naturalidad y con sentido interés

La pregunta me dejó descolocado. La verdad es que era un tema que había llevado con mucha discreción. Solo me sentí en la obligación de decírselo un día de pasada, a mi jefe, a lo que reaccionó con fingida alegría. No creía que ni siquiera volviera acordarse de ello. Al fin y al cabo, yo era un freelancer a tiempo parcial en esta asociación y mi boda se iba a celebrar en pleno mes de agosto en España. Al resto de mis compañeros ni se lo comenté. Les trataba poco, con mera cortesía, pero no compartía con ellos mucho más que algún café esporádico, los días que me tocaba desplazarme a la oficina. El teletrabajo era una opción laboral que me había sido impuesta, dada la falta de espacio, y que me tenía alejado de mis compañeros. En todo caso, no alcanzaba a entender cómo se habría enterado, sobre todo, porque tampoco nos conocíamos, o eso creía yo.

Respondí ganando unos segundos valorando si entraba en detalles o daba una respuesta evasiva.

-       “Mi novia se ocupa de casi todo; en realidad la familia de mi novia. Nos casamos en Bilbao y yo la estoy dejando hacer. Pero vamos, ya tenemos el día, la iglesia y sabemos dónde lo vamos a celebrar, que no es poco.”

-       “Ah!, os casáis por la Iglesia.”

La exclamación fue afable, sin segundas, pero parecía transmitir sorpresa, la curiosidad de un amigo que te conoce bien. En aquel momento, tampoco lo analicé. Josu tenía una voz serena, sin malicia, sin gentileza impostada.

-       “En fin, cosas de familia, ya sabes. Ni Begoña ni yo tenemos especial interés, pero nuestros padres, bueno, nuestras madres, se podrían sentir un poco decepcionas y la verdad es que a nosotros tampoco nos cuesta mucho.”

Seguimos hablando, con una confianza, que me sorprendió. No fue mucho tiempo, poco más de diez minutos, envueltos de una extraña intimidad entre dos desconocidos, que ni la distancia ni la frialdad de un teléfono, habían sido capaces de impedir

Cinco minutos más tarde de la hora prevista, la máquina empezó a reproducir nuevos nombres y nuevos países o ciudades de origen, y empezaron los sucesivos y rápidos saludos de cortesía. El último fue Román, de Valencia. Me quedé perplejo al escucharlo.

-       “Buenos días Román”,

-       “Buenos días Manu”

-       “Román, ¿vais a asistir a la reunión Josu y tú por España?”

-       “¿Josu?”, respondió sorprendido.

-       “No, que yo sepa solo me conecto yo”

Entonces, como es habitual recapitulé los asistentes,

-       “Vamos a empezar que ya vamos con retraso. Estamos Jann de Alemania, Peter de Reino Unido, Katherine de Francia, Johan de Suecia, Isabella de Portugal, Carlo de Italia, Román de España y yo desde Bruselas. ¿Me he dejado a alguien?”

Esperaba que Josu dijera algo y se identificara, pero nadie respondió.

La segunda vez que supe de él fue en Praga, dos años después. En un viaje que hicimos Begoña y yo con un par de amigos. Nuestra joven vida matrimonial discurría entre el trabajo y los numerosos viajes que nos gustaba organizar, o bien para visitar a nuestras las familias o para conocer diferentes lugares de Europa.

Esa noche Begoña se encontraba mal y decidimos retirarnos antes al hotel, mientras nuestros amigos concluían los postres de una copiosa cena, para luego irse a tomar unas copas. Llovía en abundancia y le aconsejé a Iratxe que esperara bajo el toldo del restaurante mientras me acercaba a la esquina a buscar un taxi en la calle principal.

No tardé ni un minuto en ver aproximarse uno vacío y hacerle parar. Justo al lado mío un hombre joven también parecía querer tomar el mismo taxi. Me encontraba cansado, mojado y ligeramente contrariado por tener que volver al hotel tan pronto, por lo que mi primera reacción fue defender mi prioridad. El otro hombre se volvió en cuanto llamé su atención y me miró con un gesto amable y sin tensión.

-       “Disculpe, no me había percatado”, dijo con una voz cálida, que contrastaba con la fría noche y con la animosidad de la que yo había hecho uso.

La tranquilidad de su comentario, su cara amable y el sonido de una voz que me era lejanamente familiar, me tranquilizaron de forma inmediata.

-       “No, no se preocupe, ya cojo yo el siguiente”, dije mientras levantaba la mano para parar otro taxi que, justo en ese momento, doblaba la esquina.

No dejaba de mirarme, sin impertinencia, y tras unos segundos de silencio, dijo

-       “Eres Manu, ¿no?”, preguntó cambiando del inglés al español

-       “Sí, sí…¡eres español!”, titubeé mientras intentaba recordar de qué nos conocíamos

-       “¿Qué tal Begoña?, ¿Cómo le va el embarazo?”

Empezaba a estar nervioso. Su voz me sonaba, pero no era capaz de recordar quién era. Por otro lado, hacía poco más de una semana que nos habíamos enterado de que ella estaba embarazada y solo habíamos tenido oportunidad de decirlo a la familia muy cercana y a nuestros mejores amigos. No obstante preferí disimular, ya que él me conocía y no quería parecer descortés.

-       “Todo, bien, más allá de los mareos típicos de los primeros meses”. Respondí sin querer entrar en demasiados detalles

Se quedó mirándome y después de un profundo suspiro, dijo

-       “Hay que ser valiente para decidir tener un hijo”

-       “Bueno, no seremos los primeros ni los últimos”, sonreí

Entre tanto, el primer taxista, aparcado un metro más adelante asomó la cabeza por la ventanilla.

-       “Disculpe, ¿va a subir al taxi? Si quiere puede seguir hablando en el coche, la cobertura es buena por esta zona”, dijo el taxista en un pésimo inglés, con un tono bastante irritado

-       “Sí, perdone, un momento”, respondí sin entender demasiado su comentario.

Entonces, el hombre me cogió suavemente del brazo,

-       “¿Cuál de los dos taxis vas a coger Manu?”

Me chocó un poco la pregunta, pero respondí, con cierta vacilación,

-       “Me da igual uno que otro, si te parece me voy en el primero, aunque supongo que los dos me llevarán al mismo sitio”

Él sonrió de manera casi indulgente,

-       “Depende, de a dónde le digas que te lleve. Vayas donde vayas, me  alegro de volver a saber de ti”. Da un beso muy fuerte a Begoña, y mucho ánimo, nos volveremos a encontrar

Mientras me acercaba al taxi, volví un momento la cabeza, sin poder contener mi curiosidad.

-       “Perdona, pero es que no termino de recordar tu nombre”

-       “Lo sé”, respondió. “Soy Josu”

Unos segundos después, al subir al taxi, me vino de repente a la cabeza la conversación de hacía un par de años y me volví instintivamente para intentar decirle algo, pero el taxista acaba de acelerar por el pavimento empedrado.

En ese momento me di cuenta de que estaba empapado, mientras Josu seguía de pie, mirando hacia mí, con la ropa y la cara secas, sin que una gota de agua corriera por su abundante pelo castaño. Pensé que era un efecto óptico, por la difusa imagen que ofrecía la distancia y la lluvia, que aunque ya había perdido fuerza interponía un tenue velo entre ambos.

Justo entonces nos adelantó el otro taxi. En él solo iba el conductor, con una mano al volante, mientras que con la otra me indicaba con un feo gesto su indignación; a la vez, profería lo que suponían eran otros insultos, en el idioma local que yo no entendía. Josu ya no estaba en la acera.

En una par de minutos paramos en la puerta del restaurante y Begoña se subió al lado mío.

-       “Pero Manu, ¿qué hacías?, ¿por qué paraste dos taxis? Te has empapado. No entiendo por qué has estado tanto tiempo a voces con el taxista en mitad de la lluvia”, exclamó Iratxe, entre preocupada y enfadada

-       “Nada, hablaba con un conocido”.

-       “¿Estaba en el taxi? ¿y quién era?”

Estaba helado, con frio y cansado, por lo que no me sentí capaz de dar respuesta a una pregunta que no entendía, sobre alguien que casi no conocía, pero que no me dejaba indiferente. Además, la noche, la lluvia y los grandes arbustos de la acera, habían impedido a Iratxe ver a mi interlocutor.

-       “Nada, un compañero de Bruselas que no conoces”, y con ello di por zanjado el tema

La tercera vez y última que vi  Josu, fue hace un par de días, en el aeropuerto de Tel Aviv.

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