(R2) Sábanas Frías

julene-lure

En su habitación de hotel y dado el cansancio del largo viaje Manu es incapaz de dormir. Su mente parece más despierta que nunca, repasa su pasado, recuerda a esa esposa que no existe, sueña con un futuro que puede que no llegue nunca. Le duele la cabeza, se revuelve entre las sábanas, se rinde a la incertidumbre. Y de repente una melodía llega a sus oídos y cambia su destino para siempre.

Un extraño dolor de cabeza me despertó  ¿o fue un sueño?. No lo sabía pero me había taladrado el cerebro. El despertador de la mesilla me indicaba que debía intentar volver a conciliar el sueño. Pero no lo conseguía, tenía frío. Las sábanas estaban frías, como si nadie hubiera estado durmiendo entre ellas. Desde que no dormía con Begoña siempre parecían heladas.

Después de unas ochenta y cinco vueltas sobre el colchón desistí. ¿Qué estaba haciendo tan lejos de donde debía estar? ¿Por qué fingir que se puede volver a comenzar con solo montarse en un avión? Había sido un egoísta, eso estaba claro, y ahora no había vuelta atrás o al menos no hasta dentro de un par de meses. Tenía que cerrar un trato importante con un jeque saudí, quería un sistema de riego que funcionase sin apenas mantenimiento para  los jardines de su cadena de hoteles. En el mundo de los negocios se sabe que para conquistar la billetera de un árabe primero hay que hacer lo mismo con su simpatía, y ese logro siempre pasa por innumerables cenas, recepciones y fiestas.  Fiestas. Joder, yo sabía que no estaba para fiestas. Todo el mundo podía leerlo en mi cara y sin embargo, si conseguía cerrar aquel trato  estaba seguro de que mi jefe en Bruselas me recibiría con mil reverencias, me daría por fin más que una palmadita en la espalda, quizá incluso un abrazo, una comisión del acuerdo millonario, un ascenso… ¡quién sabe! Las posibilidades eran infinitas. Y con todo eso podría comenzar a vivir como nunca lo había hecho, viajando en primera clase, cenando entre estrellas Michelin, viviendo en el caro barrio de Schuman.

¿Pero de que me serviría todo eso? Me imaginé tumbado en un lujoso ático de la calle Maeelbek, con la tripa repleta de caviar y Moet Chandon, mirando un techo donde había instalado un espejo donde ver en directo los juegos sexuales que realizaba con mujeres a las que pagaba por adelantado.  ¿de qué me serviría todo eso si volvería a despertarme entre sábanas frías?

Sabía que Bego no era la solución. Yo estaba casado con Bego, eso era cierto. Desde los 17 a los 39 años la quise con locura. Había pronunciado quince años atrás las palabras “sí quiero” sin titubear, aceptando todo eso de “en la salud y en la enfermedad” o lo de “en la riqueza y en la pobreza”. Pero también había declarado aquello de “hasta que la muerte nos separe”… Y Bego, aunque me dolía admitirlo, estaba muerta… Bueno, todo lo muerta que puede estar una persona que tiene pulso. Un día se lo dije;

-Bego…cariño…- me recliné para poder mirarla a los ojos. Llevaba inmóvil en el  mismo sofá desde las nueve de la mañana- Bego… Esto no puede seguir así.-Me estaba mirando pero no parecía verme – Tú no puedes seguir así. Yo también sufra…¿sabes? Si no lo haces por mí hazlo…hazlo por Rubén

En ese momento pareció comenzar a verme, pero lo hacía con cierto odio…

-Esto lo hago precisamente por él. ¿Cómo podría volver a reír sabiendo que él nunca volverá a hacerlo? ¿Qué clase de madre sería si volviera a ilusionarme por algo que no fuera su sonrisa?

-A veces creo que aquel día en el cementerio acudí a dos entierros

-Así es. Y ahora déjame. Yo ya he tomado mi decisión, ahora tú debes tomar la tuya.

Esa misma tarde acepté mi traslado temporal a Tel Aviv. No, Bego no era la solución. Bego ya no estaba. Tampoco un piso de 200 metros cuadrados en la zona más adinerada de Bruselas iba a serlo.  Quizá huir a Tel Aviv no lo había sido. En ese momento, tumbado en la cama de una habitación aséptica, desconocía aquello que volvería a calentar mis sábanas. También desconocía lo cerca que estaba de saberlo. Cuando me dispuse a darle una nueva oportunidad a mi sueño el sonido de mi móvil me despertó. Estiré el brazo dolorido hasta la mesilla. Llamada entrante de número desconocido…

-¿quién es?- alcancé a decir

-Soy yo, Corín ¿te cojo dormido?

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