Relato 4: El rincón oscuro de Begoña

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CAPÍTULO 1: El vuelo de regreso

Autor: Glosobook

Llevaba más de media hora con los ojos clavados en un vasto mar de nubes. La caída del sol transformaba su blanco algodonoso en un ocre crepuscular, pero mis pensamientos estaban mucho más lejos. El Airbus 319 había despegado de la T4 del Aeropuerto de Barajas hacía poco más de una hora y todavía quedaban otras tres más para tomar tierra en Yafo-Ben Gurion, en Tel-Aviv. En ese momento observé la estela de otro avión cuya trayectoria cruzaba justo por debajo nuestro, probablemente a decenas de kilómetros. Una imagen que ya había visto en numerosas ocasiones, pero que me distrajo de las extrañas y confusas sensaciones que en los últimos meses me venían una y otra vez a la cabeza. Un jeroglífico al que intentaba buscar un sentido que, por ahora, no encontraba.

Ambas aeronaves llevaban en su interior mundos diferentes, en su mayoría sin ninguna conexión entre sí. Sin embargo, todos los pasajeros de cada vuelo teníamos, al menos en ese viaje, una realidad compartida. A pesar de ello, ¿quién me podía asegurar que no existía algún vínculo entre unos y otros? Posiblemente algunos siempre desconocidos, mantenidos en ese universo oscuro en el que los sucesos acontecen, muy próximos, pero que pasan sorprendentemente inadvertidos. Efemérides imperceptibles, que los propios protagonistas nunca llegarían a descubrir. Pero entre todos ellos, quizás, había alguna línea directa que conectaba estos dos mundos que, de forma casi azarosa, se acababan de cruzar, en la inmensidad del cielo mediterráneo.

-Buenas noches, disculpe, ¿qué desea para beber? – En aquel momento la voz de la azafata me sacó de mi ensimismamiento. Era la hora del almuerzo y reclamaba mi atención para proveerme de esos siempre decepcionantes y apretados menús de clase turista. Una bandeja con demasiados alimentos en pequeñas dosis, con su correspondiente y excesivo menaje plástico.

-Vino tinto, por favor

Fue entonces cuando me fijé en mis dos compañeros de viaje. El más alejado, en la butaca de pasillo, era un adolescente de poco más de diecisiete, años abstraído en la música, que escuchaba a través de los cascos de un Iphone última generación. Justo pegada a mí, una mujer que superaba la treintena, vestida con una elegancia juvenil, y que me acercaba la copa de vino que acababa de pedir.

No era yo dado a establecer conversaciones con mis vecinos de asiento; de hecho, si ellos la iniciaban, tendía a mantenerla el tiempo mínimo para no parecer descortés, y luego me escondía en la lectura de un ebook, que a veces era más una puerta de huida que una herramienta de lectura. A menudo pensaba que había poca gente interesante con la que hablar en un viaje de trabajo, pero con el tiempo me di cuenta de que probablemente, era yo el que despertaba poco  interés, incapaz de de mantener una conversación sugestiva con personas que no conocía.

Este caso era distinto, sus rasgos sencillos, su rostro amable y el manual sobre riego que estaba leyendo, fueron suficientes motivos para que rompiera mi mala costumbre y me lanzara a una, previsiblemente, corta conversación.

-Muchas gracias ¿trabajas en temas de riego? -pregunté, mientras señalaba con la mirada el libro que acababa de guardar en la bolsa trasera del sillón.

Suponía que como hobby no debía haber nadie que se interesara por esa materia.

-La verdad es que no -respondió con un limitado español y claro acento francés.

-Es la primera vez que leo algo sobre este tema, y la verdad es que por ahora, no entiendo nada.

-¿Eres francesa?

-Más bien hispano-francesa, pero he vivido toda mi vida en Argelia y mi español lo tengo un poco oxidado.

Dudé si cambiar al francés, pero no quise ser descortés y opté por seguir hablando español, pero de manera algo menos coloquial. Por otro lado, su forma de hablar me encantaba.

Decidí seguir con el asunto del libro. Por un lado evitaba buscar otro tema, y además era una materia que dominaba. Los últimos siete años había trabajado en una empresa Israelí dedicada precisamente a la fabricación y comercialización de modernos sistemas de riego, que exportaban sobre todo a Sudamérica, pero que también comercializaban en países de la Unión Europea, como Rumanía, España, Francia y Portugal. Fue precisamente mi nacionalidad, junto con el dominio del francés, mi conocimiento de las administraciones europeas y mi especialización doctoral en riegos, lo que me abrió la puerta de esta compañía. Antes, estuve tres años trabajando en Bruselas, primero con una beca en la Comisión y luego en un lobby del sector industrial, donde conocí a mi mujer.

En ese momento volvieron a mí, agolpadas, las imágenes de las intensas y tristes semanas que acababa de vivir en Bruselas y en Bilbao, y que durante unos segundos se clavaron en mí. Casi no tuve tiempo de volver a sumergirme en ellas, porque esta vez fue ella quien decidió reactivar la conversación.

-¿Por qué?, ¿tú sabes de esto?

-Sí, algo sé. En realidad trabajo en una empresa en la que fabricamos y vendemos ‘pivots’.

-¡Anda!, que casualidad. Pues la verdad es que me harías un enorme favor si me explicaras lo básico, al menos para que yo pueda intentar descifrar el resto de este ‘ladrillo’. ¿Así decís en España? -preguntó abriendo unos ojos claros, que llenaban de expresión a sus bien marcados rasgos árabes.

-No sé si seré capaz de explicártelo sin aburrirte, pero si quieres lo intento. Por cierto, me llamo Manu.

-Yo Corín.

Entonces empecé un monólogo, interrumpido en no pocas ocasiones por sus inteligentes preguntas, en el que le fui contando sin grandes tecnicismos, aspectos básicos de este sector. Dimos un repaso a los principales sistemas de riego del mercado, no pude evitar hacer un poco de historia sobre los regadíos en el mundo, le enumeré algunas de las principales marcas y compañías que existían en el mercado, hablamos de precios de maquinaria, de cómo averiguar el tipo de sistema de riego mejor para cada caso, de la tecnología que incorporaban, etc.

Así fue pasando el tiempo y casi sin darme cuenta escuchamos el aviso de apagar los aparatos electrónicos porque comenzábamos la maniobra de aterrizaje en Tel-Aviv. En ese momento me di cuenta que no sabía por qué leía ese libro. Era algo que me sucedía con frecuencia, me enfrascaba en mi parte de la conversación sin plantearme pequeños pero importantes detalles. Una mala manía que ya me había generado no pocos problemas.

-Por cierto, Corín -pregunté mirando cómo ajustaba el cinturón de seguridad a una cintura de avispa, realzada por la presión de la correa. Si no trabajas en regadíos, ¿por qué estás interesada en este tema?, porque como libro de sobremesa, no parece el más apetecible.

-Cierto, creo que mi gusto por la lectura es algo más personalista y pasional que este frio tratado -dijo mientras su continua sonrisa mostraba una perfecta y blanca dentadura, que contrastaba con el moreno natural de su tez.

-Trabajo de cooperante en una ONG en Siria, y estamos intentando poner en producción algunas fincas que tienen muy buen suelo y que parece ser, o al menos eso han dicho los geólogos, disponen de importantes reservas de agua subterránea. Las prospecciones las van a comenzar a realizar dentro de un par de meses, y mientras tanto estamos preparando los proyectos. No es que los vayamos a hacer nosotros, porque no somos técnicos en la materia, pero me gusta saber de lo que hablo.

El avión aterrizó con suavidad y se aproximó hacia la zona de desembarque. Le di a Corín mi tarjeta y quedamos en que me llamaría o me mandaría un email para cualquier duda que tuviera. Ella no tenía tarjeta de visita, así que le tomé el número de móvil y el email en el reverso de una de las mías.

La entrada internacional en Israel siempre fue extremadamente pesada, y no terminaba de acostumbrarme a ella. Además, esta vez habíamos coincidido varios vuelos, alguno de los llamados ‘calientes’, provenientes de algún país árabe, que por el estilo de los pasajeros sería posiblemente Egipto.

Sabía que como poco tenía para media hora de espera, por lo que mi cabeza me volvió a llevar lejos, a lugares y situaciones tremendamente dolorosas, donde rápidamente se difuminaron las dos últimas horas que había pasado charlando con Corín; un pequeño bálsamo, un suave analgésico que solo había anestesiado por unos segundos el sufrimiento en el que me había hundido tras los últimos acontecimientos. Ese tipo de dramas que uno siempre piensa le van a ser ajenos.

Y entonces volví a verle a través de la gran cristalera que separaba la zona de salidas de la de llegadas. Era Josu. Ahí estaba, sentado en la sala de acceso de un vuelo a Roma, con ese aspecto tan habitual en él, ropa informal y demasiado fresca para las fechas en las que nos encontrábamos, algo desaliñado pero aseado. No hacía nada en particular. Josu parecía dejar pasar el tiempo, como si éste fuera imperecedero.

Siempre que había coincidido con él me quedaba la sensación de que el tiempo perdía su importancia, de que desaparecían los apremios que, en mayor o menor medida, acompañan nuestras decisiones. Transmitía serenidad, una sensación placentera que nunca supe a qué se debía, pero que me inundaba cuando hablaba con él, incluso cuando le veía sin hablar, como sucedía en ese momento. Quizás por eso disfrutaba de nuestros breves y esporádicos encuentros, quizás por eso nunca llegamos a hablar del pasado ni del futuro, tan solo de las pequeñas grandes cosas que componen el presente muy próximo.

Su mirada iba discretamente de uno a otro de los pasajeros y, de vez en cuando, se detenía en alguno de ellos mientras una leve sonrisa se dibujaba en su rostro. Entonces parecía ser cómplice, amigo, parte del entorno íntimo de ese desconocido, o quizás solo de algún lance de su vida. Parecía entender y disfrutar con esa persona de algo que, para el resto, estaba vedado.

En aquel momento fijó su vista en mí a través de la cristalera, entre la masa de personas que esperábamos en la gran sala. Una mirada profunda y amable, no al azar, sino con la seguridad de quien de antemano sabe lo que busca. Me hizo un leve movimiento de cabeza, un saludo sencillo, sin sorpresa, pero que transmitía la satisfacción de verme. Siempre me sorprendía. Aparecía y desaparecía en los lugares y en los momentos más imprevisibles, y esta vez tampoco fue una excepción.

En ese momento, una mujer mayor, con una pequeña maleta de ruedas, se acercó a donde Josu estaba sentado. Al instante se levantó y se alejó, lo justo para que ella ocupara su lugar en la silla, casi sin darle tiempo a retirarse, con una indiferencia y una premura extrañamente descortés, sin dirigirle ni una mirada ni un gesto que mostrara un mínimo agradecimiento por el rápido y amable detalle. En fin, estaba acostumbrado a la apatía emocional que generan los aeropuertos, por lo que lo entendí como una anécdota más de estos impersonales espacios, donde las personas se convierten en gente.

-¡Por favor!, ¿le importaría pasar por control? – Era la voz fría y autoritaria de una policía de aduanas que reclamaba mi atención.

-Sí, sí, disculpe -dije mientras superaba la línea roja del suelo y me acercaba a la cabina acristalada, desde donde otro policía me miraba con total indiferencia.

Volví la vista para despedirme de Josu, pero ya no estaba ahí. Solo pude ver cómo comenzaba el embarque de su vuelo, y supuse que ya se encontraría entre las decenas de pasajeros que comenzaban a formar la cola.

El resto de los trámites de aduanas fueron más rápidos. Preguntas convencionales, documentación y una somera pero siempre incómoda revisión de equipaje me permitieron llegar en menos de quince minutos a la parada de taxis. Al incorporarme a la cola, extrañamente corta, pude ver cómo Corín se subía a un Toyota, mientras el taxista metía su voluminoso equipaje en el maletero. Todavía llevaba en la mano el manual de riego. Gesticulé ligeramente para que reparara en mi presencia y volver a despedirme de ella, pero no se percató. Otro hombre reclamaba su atención, un joven rubio y corpulento, que no debía llegar a los treinta. Se acercó desde el extremo opuesto y se subió al taxi junto a ella, después de darle un delicado beso en los labios. Una sombra de cierta tristeza me asaltó durante unos segundos, al romperse una pueril ilusión, de la que no fui consciente hasta ese mismo instante.

CAPÍTULO 2: El oscuro rincón de Begoña

Autor: JC

Abrí la puerta, dejé las llaves sobre la pequeña mesa del recibidor y me quité de manera descuidada la chaqueta.

Llevé la maleta a lo largo del corredor y pasé a la habitación, dejé la maleta apoyada sobre la pared y me dejé caer sobre el borde la cama, con mis pensamientos, los mismos que me habían estado acosando durante todo el viaje de vuelta.

Por unas horas, el viaje en avión, la conversación con Corín, los cultivos…el libro…incluso la última visión de su entrada en el taxi alejándose con aquel joven rubio…con la ilusión de tener por fin una noche ilusionante después de tanto tiempo con una mujer, habían conseguido hacerme olvidar.

La visión fugaz de Josu, su sonrisa tranquila, su actitud de espera y de la misma forma su desaparición, tan fugaz como su aparición, habían conseguido retrotraerme hacía otros momentos por unos breves instantes, sin duda momentos muchos más felices.

 -          Edu?, soy yo, Manu…sí, he llegado ya, estoy en casa por fin, bueno si a esto se le puede llamar casa.

 Eduardo y Esther, se habían convertido en grandes amigos nuestros desde aquel día que habíamos coincidido en Bruselas. Ellos eran un joven matrimonio de médicos de visita por la ciudad con motivo de un congreso científico. En un momento de asueto del mismo, habían decidido hacer un poco de turismo y visitaban el Parlamento. Yo esperaba en ese momento a que Begoña saliera del trabajo para comer juntos, una de las pocas veces que habíamos conseguido coincidir en nuestras agendas en los últimos dos meses. Esther me preguntó al respecto de una duda que tenía en un perfecto inglés. Haber pasado la mayor parte de su infancia en Australia con motivo de un traslado de trabajo de su padre, le había concedido una extraordinaria inteligencia y un gran don de lenguas. Contesté de igual forma, y al trasladar la respuesta a Edu, me di cuenta de que eran españoles.

Accedimos a comer juntos y me presté a enseñarle la ciudad una vez que Begoña pudiera volver a la oficina a continuar con sus funciones.

Esther y ella congeniaron desde el primer momento. A pesar de la timidez de ambas, o quizá precisamente por esa misma circunstancia y no a pesar de ella.

-          ¿Cómo está, ha habido alguna novedad?

-          No lo sé Manu, sabes que esto lleva su tiempo, no debes agobiarte, esto ya lo hemos hablado. Además sabes que está en buenas manos.

-          Esto lo sé Edu, pero todo lo que hemos pasado en estos últimos seis meses…y yo aquí, no puedo seguir así, no podemos seguir así…puedo hablar Con Esther, quiero saber cómo está?

-          Si, espera un segundo te la paso ahora mismo. Un beso tío, cuídate mucho, y llámame, sabes que tenemos una conversación pendiente.

-          Edu, no voy a pasar consulta contigo, ya lo hemos hablado.

-          Bueno, tú llámame, ¿de acuerdo?

-          Ok, pásame con Esther por favor.

 Esther, era la responsable de planta del Hospital Psiquiátrico Julián Ajuriaguerra de Bilbao. Había sido un enorme apoyo, y una luz al final del túnel cuando perdimos a Rubén.

Rubén era mi niño, nuestro niño…sólo tenía nueve años, lo había dejado en su colegio como siempre cada mañana para poder marcharnos a trabajar, y en el camino de nuestras respectivas oficinas. Nadie supo decirnos que era lo que había sucedido, tan sólo una llamada a las 13 horas avisándome con voz temblorosa de que por favor acudiera al colegio, que había surgido un pequeño problema.

Al llegar allí, la directora del centro me recibía angustiada con las manos temblorosas y una ambulancia de emergencia sanitaria en la puerta. Al parecer, al regresar de una clase, Rubén se había sentado en su pupitre y tenía dificultad para respirar, una crisis respiratoria había llevado sus ojos a blanco y había comenzado a convulsionar en el suelo…tras unos segundos en el suelo sin saber muy bien nadie qué hacer no respondía, y parecía que no respiraba. Quise correr, pero mis piernas se anclaron al suelo como dos gigantescas losas de hormigón que me impedían reaccionar. Un sudor frío, y la mayor sensación de MIEDO de toda mi vida. Si no has vivido algo como esto, no sabes qué es el pánico más atroz, y la mayor de las impotencias.

El servicio de emergencias, se llevó a mi niño a una especie de servicio UVI pediátrico del hospital. Todo fue inútil. Fueron incapaces, de devolverme a mi niño de su ensoñación profunda.

Al parecer había sufrido lo que el colectivo médico denomina, “muerte por crisis respiratoria”, muy común en su enfermedad al parecer. El sistema inmunitario provoca un ataque repentino contra sí mismo, al entender que aquello que habita dentro de sí no es más que un cuerpo extraño y nocivo que debe eliminar. Primero silente, con crisis parciales de las cuales se suele salir. Progresivamente las crisis se hacen más patentes, y más intensas, el cerebro no puede controlar el aparato locomotor a través del sistema nervioso central y se paraliza. Por esta misma razón, los pulmones dejan de funcionar, se apagan como un motor, y el individuo se va quedando sin la posibilidad de respirar, de manera consciente, sin poder hacer nada por evitarlo, se asfixia, como el que recibe la visita de un sicario tras de sí con una bolsa de plástico.

Según los médicos, se desvaneció, y en este último caso, Rubén no fue consciente de lo que le estaba sucediendo. No me consuela.

Begoña, no lo podía aceptar. No quería aceptarlo. Ninguno queríamos, pero ella. Simplemente, no era dolor, simplemente…desapareció. No la vi derramar una sola lágrima después de enterrar a Rubén. Nos fuimos alejando poco a poco, cada uno sumido en su tristeza supongo, hasta que un día, al llegar a casa encontré a Begoña totalmente postrada en la bañera, el grifo abierto y las muñecas sangrando de manera abundante…fue un milagro que no sucediera el peor de los desenlaces.

Tomé la decisión de manera unilateral, de marcharnos a Bilbao. La familia de Begoña estaba allí. Y Esther y Edu también, y quién mejor que ellos para poder ayudarnos a hacer más llevadero algo que jamás podríamos superar del todo.

 -          Esther, dime la verdad, podemos hacer algo?- la pregunté sin tapujos. El día anterior, me había mirado desde su silla de ruedas de nuevo a los ojos por vez primera desde hacía 7 meses, y su mirada era la prueba de un vacío y el mayor de los deseos de desaparecer de este mundo.

-          Siempre se puede hacer algo Manuel. Estáis pasando por una situación muy compleja, pero todo es superable. Sigue sin hablar, y en estado de semi catatonia pero creo que estamos haciendo avances.

-          Termino de gestionar los papeles aquí, cierro el proyecto y me marchó para allá.

-          Estás seguro de eso? Sabes que no es necesario, aquí tiene a sus padres, y estamos nosotros…

-          Lo sé Esther, pero…estoy confundido, no se ahora mismo, que hago aquí, para qué…por qué…no sé Esther son tantas las preguntas, y Bego…no me habla, no me mira, no reacciona, también era mi hijo, tú lo sabes. Teníamos todo lo que habíamos perseguido durante tanto tiempo, Rubén, con lo que nos costó, y fíjate que puta que es la vida, que en un segundo te da la vuelta y desaparece de un plumazo todo…todo.

 Nos despedimos con la promesa de que llamaría a Edu. Saqué de la maleta un pequeño frasco color marrón y me dirigí al baño. Tras unos segundos mirándome fijamente, la barba de cuatro días, el pelo moreno cuajado de canas, las bolsas de los ojos testigo de un cansancio acusado de varias noches sin dormir. Abrí la ducha, giré la manecilla hacía el agua caliente, en cuestión de dos segundos el vaho se hizo presente en el baño cubriendo el cristal del espejo.

Destapé el bote y cogí dos pequeñas pastillas de un color hueso. Me miré, las miré y me las llevé a la boca mientras mi mano derecha se posaba con fuerza en lo que debía ser el reflejo de mi cara…una cara ahora borrada por lo empañado del cristal, fiel metáfora de lo que ahora era mi vida.

Tras la ducha, me acomodé como pude en la cama. Alcancé mi ipad, y me dispuse a revisar el correo de la empresa.

¿Por qué cojones, había tardado tanto Gerard en mandarme el informe?

¿Qué era eso, de una tablilla en el campo tres con unos extraños símbolos?

Si esa operación no salía, desde luego, mucha gente no estaría nada contenta en las oficinas en Bruselas.

Cerré el ipad, mañana me acercaría, antes me puse una nota a modo de recordatorio: “Darle un capón a Gerard en el momento que le vea”.

CAPÍTULO 3: El Campo III

Autora: Lucía G. Biesa

 El barracón que teníamos por oficina estaba gélido. Las paredes prefabricadas y el techo de uralita formaban, junto con la amalgama de hormigón color gris claro bajo mis pies, un amplio e impersonal espacio, que resultaba especialmente inhóspito en esos días de invierno en Tel-Aviv. Más allá de los grados que marcase el termómetro, sentía una humedad persistente que se colaba por entre las fibras del jersey, tensando los músculos de mi espalda hasta la nuca. Era similar al frío que me atenazaba aún más adentro.

Sin quitarme la cazadora me acerque a uno de los rincones más visitados del barracón: La cafetera melita sobre la descascarillada encimera de formica blanca. En ocasiones se convertía en el único alimento, por llamarlo de algún modo, que ingería durante horas, así que no era raro que hiciese frecuentes y rápidas visitas como aquella.

De manera automática cogí dos vasos de plástico, y colocando uno dentro de otro para evitar quemarme, vertí el líquido oscuro y reconstituyente. Un terrón de azúcar, tres o cuatro rápidas vueltas con un movimiento enérgico. “Et voilà”,  mi desayuno.

Con el café humeante en una mano, y la otra en el bolsillo, comencé a repasar los planos que cubrían, casi por completo, una de las paredes laterales. Mientras trataba de concentrarme en la evolución del proyecto, y en cómo podíamos resolver la incidencia que me habían detallado en uno de los últimos informes, y que estaba causando un retraso en la fase de canalización, pensé que aquel mural debía medir algo más de 5 metros. De manera distraída y sin proponérmelo, recorrí de un extremo a otro los planos en cinco zancadas y media.

-       Exactamente, lo que  pensaba –  Me dije a mi mismo, sin el menor atisbo de satisfacción por el acierto. Mientras, repetía la operación en dirección contraria como un autómata.

Debieron pasar algunos minutos, no sabría decir cuántos, hasta que me obligué mentalmente a devolver la vista a los planos, esperando un momento de inspiración  que me llevara a dar con la clave.

Dado que un nuevo canal no estaba presupuestado, y no tenía la menor intención de  desviarme de lo proyectado a estas alturas, tendría que ser más imaginativo. Pero de nuevo, las dichosas pastillas parecían volverse en mi contra. No conseguía alcanzar un mínimo grado de concentración que me permitiese desarrollar una secuencia lógica de pensamiento: problema, causa, impacto, alternativas, solución. Lo había hecho cientos de veces y sin embargo, ahora me resultaba imposible.

Repare en las tres mesas de trabajo. Algunos papeles y correspondencia sin abrir se amontonaban en una de ellas, las otras dos estaban despejadas. Únicamente los accesorios inertes de un portátil, desparramados como restos de pan sobre un mantel vacio. Una fina capa de polvo daba cuenta de mi prolongada ausencia.

Gerard debía estar en alguno de los campos revisando y haciendo las mediciones. Debía plantearme suprimir las pastillas. Me producía cierto vértigo solo pensarlo. Ahora dormía cerca de seis horas, y aunque en ocasiones me faltaba capacidad de concentración,   era mucho mejor esto, que pasar las noches en vela carcomido por una realidad dolorosa y fúnebre.

-        !Justo a tiempo!  Exclamo la tan familiar voz de Gerard a mi espalda

Justo a tiempo, sí,  repetí mentalmente descontextualizando la frase.  -Ya pensaré en ello otro día-

-        ¡Qué hay Gerard!, ¿todo bien?-  Respondí sintiéndome aliviado de contar con la inestimable ayuda de Gerard para salir del ensimismamiento.

 Al tiempo que me daba la vuelta y vaciaba los bolsillos de la cazadora sobre una de las mesas: Cartera, móvil, llaves y un barullo de monedas de poco valor, Gerard se acercó e intercambiamos un apretón de manos y un par de palmadas en la espalda. No era necesario decir nada más.  El no estaba al tanto de los detalles, pero conocía lo ocurrido en los últimos meses y el fatal desenlace. Agradecí que, con su habitual discreción, no hiciese ninguna referencia al asunto. Tampoco era necesario,  sabía que Gerard había estado preocupándose por mi durante este tiempo.

Mientras cambiaba los modernos zapatos deportivos por unas gastadas botas de campo, repare en la tarjeta manoseada que sobresalía por una de las esquinas de la abultada cartera que había dejado sobre la mesa. Había apuntado el teléfono y correo de Corín en ella. Tal vez algún día la llamaría. Quizás podríamos coincidir para tomar un café. Ahora lamentaba no haberle preguntado algo más sobre ella. Me reprendí durante unos segundos mi actitud torpe durante el vuelo.

-        ¿Recibiste el informe? te envié un correo – preguntó Gerard

-        Sí, lo recibí anoche. Más vale tarde que nunca – respondí con cierto tono de reproche, y sin esperar ninguna justificación o disculpa añadí – pero de momento no he dado con una posible solución al tema del canal -

-        Vayamos a dar una vuelta por los campos. Aquí hace un frio que se congelan hasta las ideas- dije, al tiempo que cogía las llaves del Land Rover y me dirigía hacia la puerta.

 -        Manu, también está lo de la tablilla. Lo leíste ¿verdad?

 -        Claro, si… la tablilla… Lo había olvidado. ¿Qué querías decir con eso? Pregunté, recordando la anotación del informe.

 -        Vamos, te lo enseñaré – Respondió Gerard al tiempo que subíamos al coche

 Avanzamos por el camino que discurría entre los canales hacia el campo III. El más alejado del barracón. Nos detuvimos en la linde del los campos I y II. Uno de los modernos prototipos en pruebas estaba parado. Clavamos en el suelo una de las banderillas naranjas. Anotación 127 en el cuaderno: “EEA+.201.04- E02”

Así indicábamos a los técnicos de campo dónde tenían que trabajar. El color y lugar de la banderilla, junto con su correspondiente anotación en el diario no dejaba lugar a dudas. Debían revisar urgentemente el funcionamiento de uno de los últimos aparatos en fase pruebas que habíamos instalado. Se había detectado un fallo en el mecanismo.

Dejamos el Land Rover al pie de la valla del campo III. Gerard me condujo a pie por el estrecho margen del canal, hasta llegar a un pequeño ensanche donde se amontonaban piedras y escombros procedentes de la zanja recién abierta.

Me indicó con la mano lo que parecía ser trozo de piedra o hueso, del tamaño aproximado de un paquete de folios, tal vez algo más largo y un poco más estrecho. Tenía aspecto de haberse fusionado con la piedra con el transcurrir de los años. Sedimentos y tierra solidificada había calcificado alrededor, creando una estructura rugosa que ocultaba buena parte de los símbolos, o lo que fuera aquello que aparecía grabado en la tablilla. Se podían asemejar a caracteres hebreos, quizás hebreo antiguo, o tal vez no.

-        Sabes lo que esto puede suponer, ¿verdad? – Inquirió Gerard sin apartar la vista del suelo

-       Lo sé- Respondí- Si se identifican como restos arqueológicos, podemos olvidarnos de terminar el proyecto a tiempo. Incluso si finalmente se demuestra que no tienen valor histórico alguno, ya habremos perdido semanas entre burocracia y papeleos. Ya nos hemos enfrentado a esto otras veces ¿eh?- Añadí, corroborando los pensamientos poco optimistas de Gerard-.

Creo que fue la imagen de Begoña en el hospital, y mi propia necesidad de continuar avanzando para salir de mi actual situación, lo que me llevó a recoger aquello del suelo, casi sin pensarlo, ante la mirada silenciosa y cómplice de Gerard.

 CAPÍTULO 4: La Fundación

Autor: Víctor Granda

Manu cerró su portátil, se levantó de la mesa de la cafetería, atravesó el vestíbulo sorteando a los turistas que se protegían del calor agobiante que reinaba en la ciudad y tras cruzar a la acera, entró en el taxi que le estaba aguardando en la puerta del hotel. A continuación  le entregó al conductor una nota con la dirección a la que tenía que llevarle, rogándole que fuera lo más rápido posible, pero puesto que su árabe no parecía ser lo suficientemente bueno como para que el taxista comprendiera la urgencia del asunto, Jhosep le mostró un billete de veinte euros y señalando al frente, le hizo un rápido gesto con la mano al tiempo que lanzaba un corto silbido.

El taxista, un sudoroso y barbudo árabe con un opulento vientre casi rozaba con el volante,  se quedó mirando el billete fijamente, lo que provocó que por un momento a Manu le asaltara la duda de si le habría entendido, pero esta se disipó en cuanto escuchó el sonido de los neumáticos patinando sobre el ardiente asfalto y el coche salió disparado a toda velocidad, lo cual evidentemente era una clara señal de que o bien el taxista había comprendido a Manu y se disponía a  correr como un demonio o bien, que el taxi tenía las ruedas delanteras gastadas y a la velocidad que iban no tardarían mucho en estrellarse, pero fuera la que fuese, él ya estaba acostumbrado a la “curiosa” y casi “kamikaze” forma de conducir de los taxistas de la ciudad, así que se  recostó en el asiento y abrió el periódico, pensando que  “ojos que no ven, corazón al que no le da un infarto”, al tiempo que en vano, intentaba centrar  su atención en la sección de noticias internacionales, para  ante la imposibilidad de fijar la vista en las pequeñas letras debido a los bruscos virajes y adelantamientos  del coche, pasar directamente a ojear la tira cómica.

Tras un convulso trayecto en el que tuvo que soportar los innumerables improperios lanzados por el conductor hacia todo aquel que tuvo la osadía de cruzarse en su camino, el vehículo finalmente se detuvo ante  la dirección indicada y además lo hizo en un tiempo récord, por lo que  Manu le entregó la prometida recompensa al ahora aún más sudoroso conductor  quién se lo agradeció en una jerga incomprensible mezcla de inglés, hebreo y árabe y a la que Manu respondió en una mezcla de inglés y Hebreo a partes iguales, diciéndole que a pesar de todo el tiempo que llevaba allí, nunca había visto a nadie conducir de una forma tan suicida como él lo acababa de hacer, lo que hizo reír exageradamente al satisfecho taxista, hasta que la prometedora visión del brazo en alto de un turista hizo que este arrancara y fuera inmediatamente hacia ellos, por lo que se despidió del conductor levantando el pulgar y regalándole un juramento en arameo, lengua que por otra parte, sí dominaba a la perfección y que el taxista no pudo oír…ni afortunadamente comprender.

“Por dios que no creí que bajara vivo de este puñetero taxi. Sé que debería de besar el suelo, pero ahora mismo no tengo tiempo y además…está lleno de mierda“, pensó mientras cruzaba la acera con dos largas zancadas y entraba en el edificio que albergaba la oficina de la Fundación Arqueológica Tromont, una de las fundaciones privadas más importantes del mundo. Había decidido que aquella tablilla que casi a hurtadillas había arrancado de su milenario reposo, era un peligro para la buena marcha del proyecto y él no permitiría que nada se interpusiera en su camino hacia un triunfal retorno a las oficinas de Bruselas, pero… había algo en ella que…no sabía por qué, pero necesitaba enseñársela a alguien que entendiera del tema y en la fundación  conocía a alguien que seguramente le podría decir algo sobre sus orígenes y esperaba que también lo hiciera sobre los extraños caracteres que figuraban grabados sobre ella.

Mientras que subía en el ascensor, intentó en vano arreglarse un poco la arrugada chaqueta y el nudo de la corbata, pero desistió de esto último en cuanto se dio cuenta de que con las prisas no se había acordado de ponérsela.

“Bueno de todas formas no hacia juego con los zapatos”, pensó bajando la vista y sorprendiéndose al ver que el lugar en el que suponía debían de estar sus elegantes zapatos italianos, había sido ocupado por sus viejas, ajadas y polvorientas botas de cuero marrón.

—    Bueno, lo que yo decía. No pegaba con…con  las botas”, murmuró con resignación mientras abría la puerta del ascensor.

Nada más salir de él, se dio cuenta de dos cosas; La primera de ellas es que el aire acondicionado estaba demasiado frio y la segunda…que su indumentaria desentonaba terriblemente con el elegante mobiliario de la larga galería en la que se encontraba y que finalizaba en una sala de espera decorada de una forma demasiado ostentosa para su gusto, pero bueno como siempre le había dicho su padre  “cuando se encuentra el dinero, se pierde el buen gusto”, algo que quizás explicaría su excelente buen gusto y la pésima situación de su paupérrima economía.

Tras caminar sobre la que debía de ser una de las alfombras persas más largas y tupidas que había visto en toda su vida, llegó hasta una mesa tras la que se encontraba una bella recepcionista de exóticos rasgos , piel tostada y larga melena negra. La joven alzó la vista del monitor del ordenador y le dedicó una entrenada sonrisa mientras le miraba más con pena que curiosidad, para a continuación decirle con una exquisita educación:

—    La selección de conductores es en la primera planta – y sin esperar tan siquiera a que el desaliñado visitante la respondiera, dirigió de nuevo su mirada hacia el monitor ignorandole completamente.

Manu, tuvo  entonces la sensación de que el aire acondicionado estaba aún más frió en esa zona del edificio, o tal vez lo único frió que había por allí no fuese solamente el aire, pero lo cierto era que, cual mimo actuando de estatua humana, se encontraba paralizado delante de una recepcionista que no había tardado ni un segundo en olvidarse de él. Realmente no se esperaba una entrada tan…”triunfal” y se sentía herido en su orgullo, aparte de haberse quedado estúpidamente estático y sin saber cómo continuar.

—   …esto…no…vera señorita, yo…realmente….-, balbuceó.

La joven elevó nuevamente la vista  hacia él y le dirigió una mirada de desaprobación mientras que pensaba: “Vaya, cada minuto nace un tonto y hoy  uno de ellos me ha tocado a mí”.

—    Señor. Ya-le-he-di-cho-que-es-en-la-pri-me-ra-plan-ta -, le repitió lentamente  mientras le miraba de forma inquisitiva, intentando averiguar si aquel hombre que tenía delante, no reaccionaba porque no entendía su idioma o porque quizás estuviera indispuesto, pero viendo su sorprendida expresión lo más fácil es que el pobre hombre simplemente fuera idiota.

Por fin, reaccionó y saliendo de su estado cuasi-catatónico dijo:

—    No señorita me temo que usted se equivoca. ¡Soy el ingeniero Manuel Lavín y tengo una cita con el Doctor Barhand! -, explicó con tono de cierta  arrogancia. Creía que había quedado como un estúpido sin haber echo nada para merecerlo, así que para arreglarlo, decidió que la mejor forma de hacerlo seria hacer gala de su título académico. A fin de cuentas…últimamente no tenía demasiadas ocasiones para  hacerlo.

La joven se incorporó como si un resorte la hubiera lanzado de la silla mientras que sus mejillas  comenzaban a sonrojarse.

—    Lo siento mucho señor Lavín. Yo…pensé que…-, respondió juntando las manos en gesto de disculpa  y continuando, -…lo lamento doctor. Ha sido una confusión imperdonable -, dijo con  tono  arrepentido. – Por favor, disculpe mi torpeza y permítame que le acompañe al despacho del Doctor Barhand – y con un suave movimiento de su pequeña mano, le indicó que la siguiera, lo cual a Jhosep le pareció una idea excelente puesto que era la excusa perfecta para disfrutar del delicioso contoneo de las sinuosas caderas de la chica mientras caminaba nerviosamente delante suyo.

Con cierta lastima, Manu se despidió mentalmente de la agradable vista y se adentró en el despacho del Doctor Barhand, quién además de ser el jefe del departamento de excavaciones de la Fundación, había sido durante varios años el director del museo arqueológico de París y era sin lugar a dudas una de las mayores eminencias mundiales sobre arqueología Sumeria y Egipcia.

Por supuesto, Barhand gozaba de una gran reputación debida en gran parte a sus impresionantes hallazgos en el templo de Baalbek, pero es que además aquel hombre era posiblemente, la máxima autoridad en traducción de escrituras cuneiformes, “vamos que en definitiva es todo lo contrario a mí”, pensó  mientras se adentraba en el gran despacho.

Al verle entrar, el anciano arqueólogo se levantó del sillón y salio de detrás de la mesa para estrechar la mano de su visitante.

—    Señor Lavín es un placer saludarle. Creo que no nos hemos vuelto a ver desde que dirigió usted la sustitución del sistema de climatización en el museo arqueológico de París -, le saludó extendiéndole la mano.

—    Así es Doctor  Barhand. Veo que sigue usted teniendo una memoria privilegiada -, le contestó respondiendo al saludo con excesiva energía.

—    Por supuesto Lavín…por supuesto, de echo yo diría que a mi edad es una de las pocas cosas que aún funcionan correctamente, pero ahora querido amigo dígame que es lo que le ha traído hasta este caluroso lugar del mundo y por supuesto…cual es el motivo de su visita. Cuando su jefe, me telefoneó esta mañana me dejó muy intrigado y en cierta forma…preocupado -.

—    ¿Preocupado?. Por dios Doctor Barhand, en absoluto es es nuestra intención. Sencillamente es que ya sabe usted que las autoridades Israelís suelen ser muy rigurosas con el tema de los hallazgos arqueológicos y…-.

—    …y ustedes han encontrado algo que podría interferir en los trabajos que están llevando a cabo y quiere mantenerlo en secreto…¿me equivocó? -, le interrumpió Barhand.

Manu sintió un pinchazo en el estómago. El viejo zorro había ido directamente a golpear donde más le dolía.

—    Esto…vera…realmen…-, balbuceó Manu.

—    …tranquilo hombre, tranquilo. Su ingeniero jefe, es un buen amigo mio y él me a pedido que llevemos este asunto con la máxima discreción, así que no se preocupe que no es la primera vez que su empresa me pide un favor de este tipo -, dijo mientras centraba su mirada en la bolsa que Manu portaba entre sus manos.

—    Bufff…que susto; Ya estaba empezando a pensar que de aquí me iría directamente a la comisaria central -, dijo Manu lanzando un suspiro de alivio, mientras extraía la tablilla y la posaba sobre la mesa de caoba, al tiempo que Barhand se inclinaba sobre ella y la observaba.

—   Veamos qué es lo que tenemos aquí…-, dijo mientras se acercaba a la ventana del despacho y los rayos del sol incidían sobre la tablilla ,-…se trata de una tablilla de arcilla con caracteres en sumerio antiguo grabados por toda su superficie, la cual se encuentra en un estado magnifico  y…si no me equivoco creo que…sí… yo diría que hace referencia al reinado de Ku-Bau  -.

—   ¿Cómo?…¿Ku-Bau?. Perdone doctor pero…¿y quién era Ku-Bau? -, preguntó confuso.

—   ¿Qué quién era Ku-Bau señor Lavín?. Pues vera usted; Ku-Bau fue una reina sumeria de la tercera dinastía que gobernó la ciudad de Kish y…-.

—   ¿Sumeria…pero?. Doctor estamos en Israel…-.

—   …ya, ya…pero hay multitud de referencias que indican que en los albores del segundo milenio antes de Jesucristo, algunos sumerios temiendo que su cultura y sus tradiciones desaparecieran tras haber sido absorbidos por los acadios, emigraron hacia Canaán convirtiéndose en el germen del pueblo Hebreo y es muy posible que también se hubieran llevado con ellos los restos de algunos de sus antiguos regentes y desde luego que Ku-Bau lo era y mucho -.

—   Ya…y…disculpe mi ignorancia al respecto, pero…¿por qué era tan importante? -.

—   Pues porque Ku-Bau, entre otras cosas fue una tabernera que por méritos propios llegó a convertirse en la primera reina de la que se tiene conocimiento en oriente. La primera mujer que reinó sin llegar al cargo a través de un matrimonio y durante su reinado, la ciudad de Kish, progresó y se afianzó tanto política como económicamente, alcanzando una enorme importancia en toda Mesopotamia. Digamos que es sin lugar a dudas, una de las figuras femeninas más importantes de la historia de la humanidad -.

—   Ya y entonces…¿diría usted que se trata de un hallazgo digamos…importante? -.

Barhand se sentó sobre el sillón de piel mientras continuaba admirando la tablilla y le respondía:

—    Señor Lavín, creo que se trata de un  hallazgo increíble y no me cabe la menor duda, de que si las autoridades se enteran de él, detendrán los trabajos durante una larga temporada, así que llame usted a sus jefes en europa y dígales que se pongan en contacto conmigo de forma urgente y dígales también…que este favor, les va  a salir mucho mas caro que en anteriores ocasiones -.

—   A que se refiere con eso exactamente señor -, preguntó Manu al que todo aquello le comenzaba a sonar a  chantaje.

—   Me refiero a que no serán las autoridades quienes lleven a cabo la excavación, si no que seremos nosotros quienes lo hagan, por supuesto lo haremos de forma extremadamente discreta y evidentemente…sera su empresa quien la financie. ¿Me va entendiendo Lavín? -.

Manu tenia la mirada perdida, dirigida hacia las palmeras del parque que se veía al otro lado del ventanal, pero él no las veía, sus pensamientos estaban centrados en una sola cosa, en como les iba a explicar todo a sus jefes.

CAPÍTULO 4: C14

Autora: Cristina

 

A solas en su apartamento, y tras analizar el encuentro con Corín, Manu decide indagar sobre el origen y significado de la tablilla que había llegado a sus manos. La  posibilidad de estar ante un hallazgo de una naturaleza tan misteriosa le intriga tanto como para iniciar una investigación que arroja resultados sorprendentes

 Caminé a paso tranquilo hacia el hotel. Un moderno edificio de apartamentos, especialmente diseñado para ejecutivos, comerciales y otros viajeros que pasaban largas temporadas fuera de casa a causa del trabajo. No sabía si encasillarme en el primer o en el último tipo de huéspedes. No me consideraba un ejecutivo convencional. Había colgado la corbata hacia ya algún tiempo, y en ocasiones llegaba con las botas llenas de barro de cualquiera de los campos que supervisaba. Tampoco comercializaba nada de manera directa en Israel, asique posiblemente, sería más adecuado incluirme en el grupo de “otros viajeros a causa del trabajo”. Sin el carnet de turistas, ni pasaporte local, el aparthotel Kvar estaba poblado por los denominados “desplazados”, presentes en toda ciudad moderna y cosmopolita.

 Disponía de la serie de servicios habituales de este tipo de alojamientos: recepción, restaurante y varias zonas de estar donde nos entregábamos a diferentes lecturas en formatos también muy diversos.

 Yo no hacía un uso frecuente de ninguno de los servicios y zonas comunes de los apartamentos. Por lo general, prefería salir a cenar al Neve-Zedek, donde, sin esperarlo, aquella noche me había tropezado casualmente con Corín, y me había permitido pasar una velada muy agradable en su compañía.

 Atravesé la recepción sin reparar en nada de lo que había a mi alrededor, y, una vez en el ascensor, con la tablilla fuertemente asida bajo el brazo, las palabras de Corín se repitieron en mi mente, una y otra vez, como un mantra.

 -       El vendrá y a los ojos de los hombres se irá y ascenderá al cielo. Pero seguirá andando entre nosotros, entre los tiempos, por los siglos venideros…

 El reflejo de mi rostro en el opaco acero de las puertas del ascensor me atrapo durante unos segundos. En la penumbra del ascensor me sentí a la vez pesado y confundido por las palabras de Corín.

 -       Seguirá andando entre nosotros, por los siglos…

 ¿Por qué la frase se había grabado a fuego en mi cabeza?, ¿Por qué tenía la impresión de no ser la primera vez que escuchaba aquello? No podía recordar nada concreto, era tan solo una sensación.

 No me sorprendieron tanto las palabras de Corín, como el hecho de que tradujese aquellos símbolos ininteligibles y medio borrados, con la rapidez y facilidad de quien lee el gran titular de las noticias del día. Me había resultado sencillamente asombroso y extraño, como ella.  No entendía la relación que podría tener su trabajo en la ONG, con su conocimiento acerca del texto de la tablilla.

 “Ya te lo contaré” – me había dicho al despedirse -  que frase tan corta, pero a la vez  tan esperanzadora, abriendo la puerta a un nuevo encuentro.

 Un oportuno y sonoro “ding” elimino mi imagen de las puertas, que se abrieron hacia los laterales, y mis pensamientos se evaporaron a medida que me acercaba a la puerta del funcional e impersonal apartamento que tenía alquilado en la planta 27 del edificio Kvar.

 Tras unos monótonos, rápidos y cotidianos quehaceres, y una vez tumbado ya sobre la cama con mi iPad, comencé a indagar en diversas páginas de internet, buscando alguna referencia o mención a la existencia de un enviado que permaneciese entre nosotros por los siglos venideros. Revisé, sin detenerme demasiado, decenas de entradas a textos de los evangelios, libros de teología, antiguo testamento, e incluso algunos tratados de análisis de las escrituras, pero no hallé ninguna referencia al texto de la tablilla ni a la leyenda que me había contado Corín.

 Las tradicionales palabras y análisis del evangelio acerca de la llegada del enviado de Dios, y su posterior muerte, resurrección y ascensión al cielo eran las únicas parecidas que conseguí encontrar, hasta que me quedé dormido sin proponérmelo.

 No eran aún las 7.30 de la mañana cuando bajaba de nuevo al Lobby

 -       ¡Buenos días!

El ánimo de la recepcionista que hacia el turno de mañana era siempre una fuente de inspiración.

-       ¡Buenos días!, le respondí tratando de imitar su tono jovial

Había llegado ya a la puerta giratoria cuando volví sobre mis pasos con aire decidido.

-       Yaila, ¿verdad?, le pregunté tratando de ser especialmente amable

-       Sí, señor – respondió sonriente – ¿en qué puedo ayudarle?

-       Verás Yaila– le dije desplegando mi mejor sonrisa -   me preguntaba si tú podrías ayudarme a encontrar algo

-       Dígame señor, lo intentaré -  contestó reticente, ante una petición tan vaga y ambigua

Tras un breve intercambio de sonrisas y frases cumplidas obtuve lo que necesitaba. La dirección de la universidad de ciencias de Tel-Aviv.

Paré el primer taxi que se acercó y le entregue al taxista la nota que me había escrito Yaila con la dirección.

Me pasé casi toda la mañana yendo de un despacho a otro hasta que encontré lo que buscaba. El laboratorio de la universidad. Una vez allí, el resto fue relativamente sencillo.

La somera investigación que había realizado por la noche, antes de caer dormido, me había llevado a pensar que tal vez debía tratar de indagar un poco en la naturaleza de mi hallazgo, y de esta manera obtener algo más de información acerca de la tablilla y su significado.

Tras unas horas de intensa actividad en el laboratorio, al lado de algunos alumnos que preparaban sus tesis doctorales, obtuve algo que me dejó estupefacto. No terminaba de dar crédito a los resultados, y sin embargo, eran contundentes.

La prueba del carbono 14 databa la tablilla en la segunda mitad del siglo XX. Con un margen de error de la prueba que podía variar entre dos y diez años, eso significaba que se trataba de un objeto casi tan actual como mi iPhone, y por supuesto, sin ninguna trascendencia arqueológica. Tampoco respondía a la prueba de la existencia de una leyenda ancestral relacionada con la religión. Al menos no con ninguna religión antigua, claro.

Inmediatamente las preguntas se acumularon en mi mente. ¿Qué significado tenía esta tablilla, de aspecto deliberadamente antiguo? ¿Y los símbolos? ¿Cuál  era su verdadero significado? Lamentablemente no tenía idea de cómo avanzar por esa línea. Así que me encontré una retahíla de interrogantes agolpándose en mi cabeza

 ¿Por qué la habían dejado en el campo III? ¿Acaso alguien quería que yo la encontrara? Y la que me producía más desazón e intriga que ninguna otra. ¿Qué tenía que ver Corín con todo esto?

No tenía la respuesta, pero me propuse averiguarlo.

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