(R3) La tablilla

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Sabía que la tablilla iba a ser un problema. Me la había llevado con fingida indiferencia, ante la mirada cómplice de Gerard, pero el tema no era tan fácil. Cada día un equipo de certificadores emitía un informe de los avances del proyecto y registraban cualquier anomalía  o cualquier extraño suceso o descubrimiento que se realizara en el Campo. No había tenido tiempo de comprobarlo, pero estaba seguro de que el hallazgo de la tablilla estaba registrado, aquellos concienzudos funcionarios de la Agencia de Tesoros Históricos no dejaban pasar una.

De vuelta al hotel le pedí al taxi que parara en mi restaurante favorito, el Neve Zedek. No tenía ganas de repetir la aburrida comida del hotel ni de ver las siempre frías caras de los clientes, que como autómatas cenaban mientras compartían conversaciones de trabajo; u otros que, como yo, teníamos que dejar pasar el tiempo leyendo las noticias del día en el Ipad.

Neve Zedek era diferente, al menos me permitía estar entre gente que disfrutaba de aquel momento, creando un ambiente mucho más fresco y alegre, un entorno que me ayudaba a aclarar ideas.

Ya había pedido la carta y me encontraba degustando unos entrantes típicos del país acompañados por un excelente vino israelí, cuando vi a través de la ventana como Corín cruzaba la calle en dirección al mismo restaurante. Vestía de manera mucho más informal que en el avión, un vaquero amplio y una camiseta blanca, con el pelo recogido en una trenza, ya bastante descolocada. Cuando llegó a la puerta del restaurante pasó de largo, pero justo al pasar por la ventana me vio. Al principio se quedó extrañada, como quien te reconoce pero no sabe de qué, pero al cabo de unos segundos, hizo un gesto de sorpresa, me saludó y se dirigió al restaurante.

Me acerqué también a la puerta y al cabo de unos segundos de saludos y preguntas rápidas, no sentamos los dos a la mesa. No le sorprendió cuando le dije que iba a cenar solo, ni a mí que se ofreciera a acompañarme. A partir de ahí la cena discurrió en una animada conversación sobre temas muy diferentes de política, familia, deportes, etc. Daba gusto hablar con ella, era todo alegría y no pocas veces su risa me contagiaba y terminaba también a carcajadas sobre temas que, fuera de ese ambiente desinhibido, nunca me habrían hecho reír.

Fue en los postres cuando Corín se percató de la tablilla, que asomaba en la bolsa de plástico que había dejado en la silla de al lado.

-          ¿Qué es eso?, preguntó, señalado a la silla

Cogí la tablilla de la silla y se la enseñé.

-          Una cosa que he encontrado hoy en el trabajo. No sé exactamente lo que es, voy a ver si lo averiguo

Hasta este momento habíamos hablado muy poco de trabajo y no consideré necesario mentirla sobre este asunto. Al fin y al cabo, no tenía nada que ver con mi proyecto y no tendría ninguna idea de que me lo había llevado incumpliendo las normas del gobierno.

Se quedó varios segundos mirándola, con los ojos fijos en los diferentes símbolos y con el semblante serio.

-          ¿Dónde lo has encontrado?, preguntó sin levantar la mirada de la tablilla

Algo dentro de mí hizo que saltaran las alarmas. La mentí en cuanto al sitió y la mencioné otro campo de pruebas de la empresa, a más de 50 km del Campo III, en el que no realizábamos obra y, por tanto, no estábamos sujetos al control de la Agencia.

-          ¿Qué pasa Corín?, ¿sabes qué es?

-          No estoy segura, porque habría que analizar el material para confirmar la edad de la tablilla. Respondió de forma poco convincente

Yo ya sabía que había algo que no me quería decir y no estaba dispuesto a irme sin averiguarlo.

-          Pero ¿entiendes que son esos símbolos?

Me miró a los ojos, por primera vez desde que había visto la tablilla. Su gesto cambió y se volvió otra vez amable, aunque la sonrisa había desparecido y mantenía una seriedad profesional.

-          Sí Manu, eso sí lo sé. Es un texto escrito en una lengua muerta que se hablaba en el próximo oriente entre los años 100 ac y el siglo II dc. Dice lo siguiente “El vendrá y a los ojos de los hombres se irá y ascenderá al cielo. Pero él seguirá andando entre nosotros, entre los tiempos, por los siglos venideros”

-          ¿Y eso que quiere decir?

-          No lo sé Manu. Solo te puedo decir que existe una antigua leyenda, una historia que nuºnca se ha podido leer, que ha pasado de boca en boca, que data de la época de Juan el Bautista. Antes de retirarse a su vida de asceta en el desierto, dicen que anunció la venida de un enviado de Dios que viviría entre nosotros para siempre.

-          ¿Un profeta?, pregunté

-          No, un enviado de Dios, pero no para irse y ascender al cielo, como dicen los nuevos testamentos oficiales  que sucedió, sino que permanecería entre nosotros para siempre.

-          ¿Jesús?

-          No sé Manu, Jesús, solo es un nombre, hoy en día hay tantos otros que significan los mismo, el tuyo mismo, Manuel, quiere decir Jesús.

De manera instintiva pensé en todos los Jesús o Manuel que conocía, que no eran muchos, y el nombre de Josu, Jesús en euskera me vino a la cabeza.

Ya iban a cerrar el local y amablemente nos pidieron que fuéramos terminando la copa. Salimos a la calle y nos despedimos, ya que íbamos en direcciones contrarias.

-          Corín, si te quieres tomar la penúltima en mi hotel, luego te invito al taxi de vuelta.- la dije de manera precipitada y algo nerviosa

-          La sonrisa volvió a su rostro.- Me encantaría Manu, pero esta noche me es imposible, mañana me tengo que levantar a las cinco de la mañana. De todos modos te tomo la palabra y nos vemos otro día, que te debo una cena.

Justo cuando empezaba a caminar hacia la esquina, la llamé, una pregunta me vino de repente a la cabeza.

-          Por cierto Corín, ¿y tú por qué conoces esa lengua?, ¿no trabajas en una ONG?

-          En esta vida hay que saber de todo, pero ya te lo contaré.- respondió mientras se alejaba.

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