(R2) La ciudad del jazmín

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Corín y su compañero emprenden la huída, atravesando los complicados y desafiantes puestos de control en la frontera Siria. La salida de la zona de conflicto resulta peligrosa. Su coartada se desmorona a la vez que, en torno a ella, apariencias y realidad se confunden en el transcurso de los acontecimientos.

 Miro algo aturdida a su alrededor, e instintivamente se llevo la mano al bolsillo de la chaqueta. Saco una vez más su documentación y la abrió de nuevo.  Aún con los ojos entrecerrados, se detuvo durante unos instantes en el semblante serio de su cara en el pasaporte.

Experimentó una sensación de vértigo que le producía ganas de vomitar, pero contuvo las nauseas. Los efectos de los narcóticos que le habían administrado no habían desaparecido del todo. Aun así concentró la vista en la fotografía de la primera página.

Resultaba difícil identificar algo especial en una de esos pequeños retratos de poco más de dos por dos, en las que todo el mundo parece culpable de haber cometido un delito. En las que no se aprecia nada más que un rostro apenas expresivo. Tal vez algún ligero detalle: Los ojos claros, la mirada intensa, resaltada por un discreto maquillaje.

-       ¡Corín!.  Una voz le llegaba lejana.

Sí, claro, ella era Corín. Su vida había cambiado dando un giro de 180 grados. Su fortaleza, sus prioridades, incluso su nombre. Todo era distinto ahora. Muy distinto. Aunque no le faltaba agilidad para volverse cuando, sin esperarlo, alguien la llamaba por un nombre que le resultaba ya familiar.

-       ¡Corín,  Corín! -  Apremiaba la misma voz lejana.

Hizo un esfuerzo para salir de su estado de semiinconsciencia y sin pronunciar palabra, depositó sus documentos en una mano que los reclamaba con insistencia. No miró al frente, mantuvo su mirada fija en aquellos dedos desconocidos que atrapaban su identidad. Sintió de nuevo ese mismo temor, como si al desprenderse de esos papeles su vida pudiera quebrarse. De un soplido. Con un solo gesto. De nuevo al borde del abismo, la inseguridad, la pérdida, el vacío. Durante unos instantes sintió casi dolor, o algo parecido.

Le daba vueltas la cabeza y aún con un mareo inequívocamente opiáceo, vio con más nitidez su presente: Peter sentado al volante. Otro tipo, de aspecto rudo y no demasiado amigable, manoseaba su pasaporte con un brazo apoyado en el lateral del coche. Tres más aguardaban a un par de metros. Las armas preparadas en una muda advertencia.

El más alejado de ellos era poco más que un chaval. Se detuvo en observarle unos segundos más de lo que marcaba la prudencia y le pareció advertir en él una peligrosa mezcla de miedo y odio. Una mirada tan directa podía ser interpretada como una provocación. Bajó de nuevo la vista y se concentró tozuda en la borrosa manilla de la puerta, que aumentaba, empequeñecía y se retorcía de un modo grotesco e irreal.

Siempre llevaban consigo los papeles que les identificaban como cooperantes. Con ello tenían cierta facilidad para desplazarse y cruzar los puestos fronterizos. Sin embargo, cada parada que debían hacer para atravesarlos generaba una descarga de adrenalina, precedida por un breve lapso de tiempo de tensión contenida. Cualquier paso en falso, un pequeño error o una vaga sospecha, podía delatarles.

La explosión de la principal farmacéutica en Aleppo había intensificado los ánimos, ya de por si caldeados, en la frontera Siria. El conflicto armado se recrudecía en las últimas semanas y los salvo-conductos de los cooperantes ya no eran garantía de poder salir de la zona bélica con seguridad.

Los ataques contra la industria farmacológica Siria estaban minando a la población. La escasez de medicamentos y el tráfico ilegal generado por las pocas existencias tras los atentados, estaba causando daños casi irreparables. Sabía que la última explosión  representaba uno de los golpes más duros. No había podido hacer nada por evitarlo.

Las consecuencias, tanto físicas como morales, se extendían a gran velocidad entre niños y adultos. Una epidemia de desolación para aquellos que caían víctimas de la enfermedad, o de los efectos devastadores de los componentes adulterados, sobre quienes acudían al mercado negro como un último y desesperado recurso.

Voluntariamente apartó esos pensamientos de su mente. Las imágenes que se le representaban caóticas y desordenadas no le ayudarían a salir de allí.

Mientras recogía los papeles de la misma mano en la que los había depositado unos minutos antes, y los guardaba con cuidado, tratando de aparentar más calma de la que en realidad sentía, Peter arrancó el motor. En un gesto disimulado aplacó el ligero temblor, y el sudor pegajoso de las palmas de sus manos, entrelazando una con otra sobre su regazo.

Avanzaron despacio para no levantar sospechas, y tras recorrer apenas 5 metros, observó por el retrovisor a uno de los hombres salir apresuradamente de la garita. Demasiado despacio, pensó, mientras el hombre hablaba de forma acalorada con sus compañeros y señalaba el vehículo en el que alejaban.

-       Peter, acelera. Algo no va bien. ¡Nos han descubierto!

-       ¡Agárrate!, ¡nos vamos! – reaccionó al instante Peter- presionando el pedal del acelerador con toda su energía.

El Toyota respondió sin vacilar a la exigente demanda de su conductor.

-       Uno, dos, tres, cuatro…- Corín contaba mentalmente los segundos mientras mantenía fija la vista en lo que sucedía atrás, en el puesto fronterizo.

Durante un instante fugaz, al escuchar el aterrador sonido de las ráfagas de las metralletas, cerró los ojos a lo que, de modo instintivo, interpretó como el final de su descabellada misión.

Tras ese instante, con el corazón desbocado y la sangre golpeando en su sien como un martillo, volvió de nuevo la vista al pequeño espejo y observó los vanos intentos de los militares, que trataban de darles alcance, con disparos tan apresurados como poco certeros.

Cuando estuvieron lo bastante alejados y la sangre volvió a fluir de nuevo con normalidad por todo su cuerpo, reduciendo la presión en su cabeza. Se dirigió de nuevo a Peter

-       Ha faltado muy poco – le dijo con visible incomodidad, pero disimulando cualquier atisbo de pánico o temor

-       Así es. Un minuto antes y nos hubieran metido un tiro en la frente a cada uno. Ahí mismo, parados en el puesto – respondió Peter.

-       ¡Debemos tener más cuidado! –Increpó Corín – La misión ya no es segura.

-       ¡Nunca fue segura! – La interrumpió Peter con brusquedad – pero vamos en el mismo barco ¿Recuerdas? -

Se sintió confundida por un instante. La rudeza que ahora utilizaba Peter, contrastaba con la actitud protectora que, tan solo unos días atrás, hubiera empleado con ella en esa misma situación.

Sin embargo, Peter pareció leer sus pensamientos, porque en ese punto cambió su tono por uno más suave para dirigirse de nuevo a Corín

-      Has dormido buena parte del camino. ¿Cómo te encuentras?

-      Mejor, gracias – respondió Corín pretendiendo dar por zanjada la conversación antes de empezar. Peter la había sacado de allí en una operación bastante arriesgada, pero no era el momento de entrar al detalle de los últimos acontecimientos.

-      Lo siento Peter. Creo que me tendieron una trampa. No me di cuenta de que se trataba de una emboscada – Acertó a decir Corín, en un tono completamente neutro y carente de emoción.

-      No te preocupes. Analizaremos los detalles cuando hayamos descansado. – respondió Peter en tono conciliador – ¡Llegaremos en menos que canta un gallo!. Así es como se dice ¿Right?  - Apostilló con su marcado acento británico y pretendiendo llevar la conversación a un terreno algo más amigable y menos tenso.

Asintió con la cabeza mientras miraba por la ventanilla. Sabía que había puesto la operación en peligro, y también al resto del equipo, incluido Peter.

Sintió de nuevo como sus párpados se vencían por el peso de un gran cansancio y se volvió a sumergir en un sueño, esta vez ligero.

Avanzaron en silencio por la destartalada carretera hasta que la ciudad se presentó frente a ellos. Un incontable número de pequeños y brillantes puntos centelleaban, sin apenas fuerza, a una distancia de poco más de diez kilómetros.

El inconfundible aroma dulce e intenso de cientos de jazmines recién despiertos, acompañaba el despunte del alba. El momento preciso en el que confluyen en el mismo tiempo y espacio, las luces nocturnas de edificios y alumbrado de las calles, con la incipiente claridad que se abre paso en el horizonte.

Un velo ligero de luz tenue que se extiende despacio y apacigua los terrores nocturnos, abriendo paso a un nuevo día en la ciudad de Damasco.

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