(R2) El Campo III

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Manu y Gerard se encuentran de nuevo en la estación de pruebas tras la larga ausencia de Manu. Bajo la influencia de su actual situación, juntos tomarán una decisión que, lejos de resultar intrascendente, acabará marcando una serie de importantes acontecimientos.

El barracón que teníamos por oficina estaba gélido. Las paredes prefabricadas y el techo de uralita formaban, junto con la amalgama de hormigón color gris claro bajo mis pies, un amplio e impersonal espacio, que resultaba especialmente inhóspito en esos días de invierno en Tel-Aviv. Más allá de los grados que marcase el termómetro, sentía una humedad persistente que se colaba por entre las fibras del jersey, tensando los músculos de mi espalda hasta la nuca. Era similar al frío que me atenazaba aún más adentro.

Sin quitarme la cazadora me acerque a uno de los rincones más visitados del barracón: La cafetera melita sobre la descascarillada encimera de formica blanca. En ocasiones se convertía en el único alimento, por llamarlo de algún modo, que ingería durante horas, así que no era raro que hiciese frecuentes y rápidas visitas como aquella.

De manera automática cogí dos vasos de plástico, y colocando uno dentro de otro para evitar quemarme, vertí el líquido oscuro y reconstituyente. Un terrón de azúcar, tres o cuatro rápidas vueltas con un movimiento enérgico. “Et voilà”,  mi desayuno.

Con el café humeante en una mano, y la otra en el bolsillo, comencé a repasar los planos que cubrían, casi por completo, una de las paredes laterales. Mientras trataba de concentrarme en la evolución del proyecto, y en cómo podíamos resolver la incidencia que me habían detallado en uno de los últimos informes, y que estaba causando un retraso en la fase de canalización, pensé que aquel mural debía medir algo más de 5 metros. De manera distraída y sin proponérmelo, recorrí de un extremo a otro los planos en cinco zancadas y media.

-       Exactamente, lo que  pensaba –  Me dije a mi mismo, sin el menor atisbo de satisfacción por el acierto. Mientras, repetía la operación en dirección contraria como un autómata.

Debieron pasar algunos minutos, no sabría decir cuántos, hasta que me obligué mentalmente a devolver la vista a los planos, esperando un momento de inspiración  que me llevara a dar con la clave.

Dado que un nuevo canal no estaba presupuestado, y no tenía la menor intención de  desviarme de lo proyectado a estas alturas, tendría que ser más imaginativo. Pero de nuevo, las dichosas pastillas parecían volverse en mi contra. No conseguía alcanzar un mínimo grado de concentración que me permitiese desarrollar una secuencia lógica de pensamiento: problema, causa, impacto, alternativas, solución. Lo había hecho cientos de veces y sin embargo, ahora me resultaba imposible.

Repare en las tres mesas de trabajo. Algunos papeles y correspondencia sin abrir se amontonaban en una de ellas, las otras dos estaban despejadas. Únicamente los accesorios inertes de un portátil, desparramados como restos de pan sobre un mantel vacio. Una fina capa de polvo daba cuenta de mi prolongada ausencia.

Gerard debía estar en alguno de los campos revisando y haciendo las mediciones. Debía plantearme suprimir las pastillas. Me producía cierto vértigo solo pensarlo. Ahora dormía cerca de seis horas, y aunque en ocasiones me faltaba capacidad de concentración,   era mucho mejor esto, que pasar las noches en vela carcomido por una realidad dolorosa y fúnebre.

-        !Justo a tiempo!  Exclamo la tan familiar voz de Gerard a mi espalda

Justo a tiempo, sí,  repetí mentalmente descontextualizando la frase.  -Ya pensaré en ello otro día-

-        ¡Qué hay Gerard!, ¿todo bien?-  Respondí sintiéndome aliviado de contar con la inestimable ayuda de Gerard para salir del ensimismamiento.

 Al tiempo que me daba la vuelta y vaciaba los bolsillos de la cazadora sobre una de las mesas: Cartera, móvil, llaves y un barullo de monedas de poco valor, Gerard se acercó e intercambiamos un apretón de manos y un par de palmadas en la espalda. No era necesario decir nada más.  El no estaba al tanto de los detalles, pero conocía lo ocurrido en los últimos meses y el fatal desenlace. Agradecí que, con su habitual discreción, no hiciese ninguna referencia al asunto. Tampoco era necesario,  sabía que Gerard había estado preocupándose por mi durante este tiempo.

Mientras cambiaba los modernos zapatos deportivos por unas gastadas botas de campo, repare en la tarjeta manoseada que sobresalía por una de las esquinas de la abultada cartera que había dejado sobre la mesa. Había apuntado el teléfono y correo de Corín en ella. Tal vez algún día la llamaría. Quizás podríamos coincidir para tomar un café. Ahora lamentaba no haberle preguntado algo más sobre ella. Me reprendí durante unos segundos mi actitud torpe durante el vuelo.

-        ¿Recibiste el informe? te envié un correo – preguntó Gerard

-        Sí, lo recibí anoche. Más vale tarde que nunca – respondí con cierto tono de reproche, y sin esperar ninguna justificación o disculpa añadí – pero de momento no he dado con una posible solución al tema del canal -

-        Vayamos a dar una vuelta por los campos. Aquí hace un frio que se congelan hasta las ideas- dije, al tiempo que cogía las llaves del Land Rover y me dirigía hacia la puerta.

 -        Manu, también está lo de la tablilla. Lo leíste ¿verdad?

 -        Claro, si… la tablilla… Lo había olvidado. ¿Qué querías decir con eso? Pregunté, recordando la anotación del informe.

 -        Vamos, te lo enseñaré – Respondió Gerard al tiempo que subíamos al coche

 Avanzamos por el camino que discurría entre los canales hacia el campo III. El más alejado del barracón. Nos detuvimos en la linde del los campos I y II. Uno de los modernos prototipos en pruebas estaba parado. Clavamos en el suelo una de las banderillas naranjas. Anotación 127 en el cuaderno: “EEA+.201.04- E02”

Así indicábamos a los técnicos de campo dónde tenían que trabajar. El color y lugar de la banderilla, junto con su correspondiente anotación en el diario no dejaba lugar a dudas. Debían revisar urgentemente el funcionamiento de uno de los últimos aparatos en fase pruebas que habíamos instalado. Se había detectado un fallo en el mecanismo.

Dejamos el Land Rover al pie de la valla del campo III. Gerard me condujo a pie por el estrecho margen del canal, hasta llegar a un pequeño ensanche donde se amontonaban piedras y escombros procedentes de la zanja recién abierta.

Me indicó con la mano lo que parecía ser trozo de piedra o hueso, del tamaño aproximado de un paquete de folios, tal vez algo más largo y un poco más estrecho. Tenía aspecto de haberse fusionado con la piedra con el transcurrir de los años. Sedimentos y tierra solidificada había calcificado alrededor, creando una estructura rugosa que ocultaba buena parte de los símbolos, o lo que fuera aquello que aparecía grabado en la tablilla. Se podían asemejar a caracteres hebreos, quizás hebreo antiguo, o tal vez no.

-        Sabes lo que esto puede suponer, ¿verdad? – Inquirió Gerard sin apartar la vista del suelo

-       Lo sé- Respondí- Si se identifican como restos arqueológicos, podemos olvidarnos de terminar el proyecto a tiempo. Incluso si finalmente se demuestra que no tienen valor histórico alguno, ya habremos perdido semanas entre burocracia y papeleos. Ya nos hemos enfrentado a esto otras veces ¿eh?- Añadí, corroborando los pensamientos poco optimistas de Gerard-.

Creo que fue la imagen de Begoña en el hospital, y mi propia necesidad de continuar avanzando para salir de mi actual situación, lo que me llevó a recoger aquello del suelo, casi sin pensarlo, ante la mirada silenciosa y cómplice de Gerard.

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