(R1) Nueva vida

nuevavida

Manu hace una pequeña introspección sobre su vida. Le conocemos mejor a él y a los personajes que lo rodean mientras toma consciencia de su situación actual viajando en el barco que lo lleva a Ein Gev, donde no encontrará lo que espera. 

Mirando al cielo tuve un pequeño momento de revelación, realmente estaban siendo tiempos extraños. Remontándome años atrás, cuando, por ejemplo, conocí a Iratxe, jamás imaginé nada de esto. La felicidad de nuestros primeros años… Recuerdo cuando se acercó a mí, ruborizada pero decidida, y me preguntó si me  apetecería tomar un café algún día. Aquella chica quería tomar un café conmigo. Me sentí como un niño.

Recuerdo aquél cardigán rojo de fino punto, su cabello cobrizo recogido en un moño desordenado. Estaba maravillosamente imperfecta, así como era ella. Sus ojos verdes se te clavaban, buscaban dentro de ti, hurgaban. Habitualmente esto hacía sentir incómoda a la gente, pero a mí me maravillaba. Era distinta: curiosa, infantil, cálida; pero en ocasiones su curiosidad se convertía en avidez, su infantileza en terquedad y su calidez en maternalismo.

Jamás hubiera pensado en ver tanta devastación en sus ojos. Y lo que más me dolía era saber que era incapaz de ayudarla, de mantenerme a su lado, de juntar de nuevo sus pedazos. Todo lo contrario: huía a la otra punta del mundo, fingiendo lamento y resignación, cuando en realidad deseaba con todas mis fuerzas marchar. Dejar atrás esa habitación vacía, el silencio en nuestra casa, el frío de nuestra cama…

¿Por qué estaba tomando estas decisiones? ¿Tan cobarde era como abandonarla de ese modo? El problema seguiría ahí por muy lejos que corriese. Las imágenes de  mi pequeño no se irían, ni las buenas ni las malas. Sus primeros pasos, el tono rosado de su piel de bebé, el olor de la colonia y los polvos de talco, su  curiosidad ávida como la de su madre… aquél horrible funeral. Todo seguiría ahí.

Y mientras, en un momento de soledad en el barco observando las estrellas, las lágrimas afloraban a mis ojos, recordé aquellas desconcertantes palabras de Josu:

 -”Son muchas las alegrías que os dan, pero enormes las penas que cargan sobre vuestras espaldas cuando llegan los malos momentos, que no siempre aparecen,  pero que si lo hacen, dan al traste con todas las ilusiones.”

El nudo en mi garganta se apretó hasta casi cortarme la respiración. No podía manejar aquello, era demasiado. El dolor, la pena, la rabia, la desolación…

Pero allí había gente, gente que me veía por primera vez. Corín. No podía hundirme justo ahora, justo en ese preciso momento. Tenía toda una vida para  hundirme en solitario.

Me levanté dirigiéndome directamente al modesto aseo de cabina, cerrando tras de mí. Observé mi imagen en el espejo y apenas pude sostenerme la mirada un solo segundo. Abrí el grifo y llené mis manos con una templada agüilla para acto seguido mojar mi rosto, frotándome la cara con las manos. Me sequé con la  camisa. Salí como si nada, inconsciente por completo de mi aspecto: el pelo húmedo y despeinado, la camisa mojada y arrugada por fuera del pantalón, la cara  enrojecida y los ojos vidriosos. Corin, que estaba charlando con el muchacho del taxi, reparó en mí y se acercó preocupada:

-¿Te encuentras bien?- preguntó apoyando una de sus delicadas manos en mi hombro.

Miré aquella mano como el que observa un espejismo. Ella era como una fantasía: fina, exquisita, eterna y salvaje.

- Sí. Solo… – tartamudeé – solo me he mareado un poco.

Esbozó media sonrisa, estrechó mi hombro en su mano con calidez y me invitó a sentarme con ellos.

Me presentó como un amigo al muchacho joven. Sentí desconcertante alivio cuando a el también lo presentó como a un amigo, “mi viejo amigo Patrick” había  dicho.

Mirándolo de cerca ciertamente era un hombre atractivo. No diría que guapo, pero tenía algo, a pesar de su juventud que lo hacía interesante. Poseía una de esas miradas que han visto muchas cosas.

Se conocían desde hacía diez años, cuando Corin comenzó a colaborar de forma discreta con la ONG a la que Patrick pertenecía como miembro activo desde que prácticamente tuvo edad para hacerlo.

Era un tipo listo, que no inteligente, algo cínico y con un sentido del humor muy fino. Una de esas personas cansadas de luchar, pero continúan porque no saben hacer otra cosa.

No parecía que hubiese ya ninguna relación romántica entre ambos, sin embargo se percibía una tensión no resulta.

Al poco rato me metí en la conversación, comenzaron a chalar sobre el proyecto en el que Corin y Patrick estaban trabajando y mi vanidad apartó la tristeza. Sin poder controlar me me las di de listo delante de aquél tipo tan interesante y comprometido. Con sutileza, apenas yo mismo me di cuenta, pero quería captar su atención, ser el centro de la conversación. Sumergirme en otra parte.

Ya de madrugada llegamos a Ein Gev. A pesar de la oscuridad nocturna, aquél lugar parecía un paraíso perdido en los mapas. Resorts hoteleros, playas kilométricas, palmeras y césped cuidados al detalle… Miré a Corin con sorpresa y ella me dedicó una sonrisa cómplice.

- No todo es lo que parece.

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