(R1) Escapada a Madrid

madrid

En este capítulo Manu se enfrenta a una tragedia que cambiará su vida por completo, adentrándose así en un viaje con extraños sucesos, cautivado por el deseo de volver a ver a aquella chica que conoció en el avión.Tras el viaje de Bruselas, aún seguí recordando aquel rostro seco bajo la lluvia y sin más expresión que el pestañeo de sus ojos.

A veces me distraía pensando en ese momento fugaz en el que me seguía preguntando quién era Josu exactamente.

Una mañana al sonar el despertador, procedí a darme la vuelta para el otro lado de la cama, y me pareció notar una presencia o ver algo vigilar mi sueño, pero sigo diciéndome a mí mismo que a veces el subconsciente juega malas pasadas a cualquiera, sobre todo cuando el trabajo llega a poseer tu vida por completo.

El viaje me dejó exhausto, así que cuando llegué a casa, lo primero que hice fue dejar las maletas en el suelo y Iratxe y yo nos fuimos a dormir.

A medianoche la oí en el baño, llamándome asustada.

Me levanté corriendo pero me pude percatar de que había sangre en el otro lado de la cama, así que empecé a ponerme nervioso y llamé a la ambulancia.

Una vez en el hospital, tras horas de preocupación, agonía y sufrimiento, sentado en una silla con las manos en la cabeza ya que el sueño intentaba apoderarse de mi ser, veía venir al médico al final del pasillo encaminado dirigiéndose hacia mí.

-¿Manuel?

-Sí, soy yo. ¿Cómo se encuentra mi mujer  y mi hijo Doctor? Le dije con cara de pánico mientras me caían los sudores por la cara.

-Lo siento, hemos hecho lo que ha estado en nuestra mano para salvarles, pero dadas las complicaciones y el estado de salud de su mujer…

En ese momento sentí como si algo se me cayera encima y aplastara todo mi cuerpo, como si la vida pasara en un minuto y la muerte se apoderara de mi interior, dejándome anestesiado de cualquier emoción, con el rostro pálido y descompuesto.

Mis ojos empezaron a nublarse, y sentí que mis rodillas ya no aguantaban el peso de mi cuerpo, cayendo sobre ellas hacia el suelo, mientras las lágrimas recorrían mi moribundo rostro, y un sentimiento de dolor me invadía el pecho, formándose así un nudo que apretaba fuertemente mi corazón y hundía mi alma…

Y así es como recuerdo ese día.

Tras la muerte de Iratxe y mi hijo, puse en venta el apartamento que habíamos comprado entre los dos.

Fue una difícil decisión pero aun así acertada, ya que mi familia y mis amigos me aconsejaron hacerlo para no caer así en la pena del recuerdo, y no atormentarme continuamente.

Tras meses conviviendo conmigo mismo en la tristeza, recibí un e-mail de Corín.

Me acordé de aquel momento en el avión y de aquella conversación que tuvimos, pero sobre todo me acordé de su sonrisa. Y decidí llamarla.

-Hello?

-¿Corín? Soy Manu. Dije con una voz nerviosa.

-¡Manu, que alegría ! ¿Cómo te va? Contestó ella como asombrada de que la llamara.

-Bueno, me podría haber ido mejor…Te llamaba porque he leído tu e-mail y he preferido hablar contigo por teléfono que es más cómodo y más rápido, disculpa si te pillo ocupada.

-¡No, no ! Ahora mismo estoy haciendo las maletas, te quería decir que parto para España mañana, pero no he tenido tiempo de llamarte, de hecho pretendía hacerlo cuando acabara de hacer el equipaje.

De repente me alegré, era una oportunidad de volverla a ver, quizás me hiciese bien tener alguien desconocido con el que charlar tomando un café, lo necesitaba en esos momentos, necesitaba aire nuevo, algo que me evadiera y me ayudara a ver las cosas de otra manera a las que las había estado pintando días atrás.

-Me parece estupendo Corín, pero, dime, estás de vacaciones o vienes por asuntos laborales?

-Pues tengo que ir justamente por temas de trabajo. Un empresario residente en Madrid nos ha planteado un negocio que parece estar bastante bien, la cual quizás pueda colaborar con el tema de suministro de agua, así que de paso, si quisieras podríamos quedar y tomar un café.

En ese momento le dije que estaba de acuerdo y hice los preparativos para partir rumbo hacia Madrid.

El día en qué quedamos estaba algo pensativo.

Me acordé de aquel hombre rubio y algo corpulento la cual le había dado un beso a Corín en el aeropuerto de Bruselas.

Y entonces también me vino a la cabeza Josu.

¿Dónde estaba Josu?

¿Quién era Josu?

Seguía teniendo esas dudas de vez en cuando en mi memoria pero las dejaba pasar cómo si no me importaba en absoluto.

Una vez en Madrid, Corín me recogió en taxi y me hospedé en su mismo hotel, ya que yo no conocía mucho la ciudad y así me sería más fácil no equivocarme.

Estuvimos en el casino del hotel, charlando de lo que había ocurrido en nuestras vidas desde el momento en que nos conocimos, así que tuve que contarle lo de Iratxe y el bebé.

Fue duro pero me sentí apoyado y comprendido, ya que cuando hablaba ella me miraba con ternura y desprendía una voz suave al responderme y aconsejarme, que me relajaba y me transmitía paz.

Su viaje iba a durar seis días, así que en esos seis días tendríamos tiempo de contarnos cosas y de conocernos un poco más y quizás, podría preguntarle quien era aquel hombre al que besó en el aeropuerto de Bruselas.

Al día siguiente había quedado con Corín para almorzar, y me dispuse a darme una ducha y ponerme algo informal pero elegante, unos pantalones tejanos, no muy ceñidos, una camiseta blanca y una americana en gris, con unas zapatillas deportivas de vestir.

Soy un hombre que me gusta vestir bien, no muy llamativo pero a la vez me atrae el hecho de jugar con las prendas, siempre me ha llamado la atención la moda.

Al bajar hacia el comedor, oí una voz alejada que me resultaba familiar, pero me giré y no vi a nadie conocido, así que me quedé parado por un momento antes de proceder a sentarme…

¿Quién me iba a conocer en una ciudad a la que apenas he estado un par de veces?

Me senté y esperé al camarero mientras leía el periódico.

De repente alguien me tocó por la espalda…

-Disculpa.

Me giré y vi a Josu.

-¿Josu?

-Que pasa Manu, me alegro mucho de verte tan bien, después de lo que pasó es muy buena señal. Me dijo mirándome con cara de preocupado pero a la vez como si no le importara.

-Sí… Le respondí girándome nervioso doblando el periódico para evadir el tema.

Y entonces volví a girar mi cabeza y ya no estaba.

Desapareció. No dejó ni rastro. ¿Se habría marchado porque tendría prisa?

Fue lo que me pregunté engañándome a mí mismo mientras veía llegar a Corín.

Cómo los días anteriores que había tenido el placer de verla, sonreía con esa dulzura de siempre, luciendo un vestido ajustado pero algo volado por las rodillas, en tonos verdes y azules, que resaltaban el tono de su piel y de su cabello, y por encima un pañuelo blanco.

Y entonces apareció él, aquel joven rubio y corpulento que besó a Corín a la salida del aeropuerto.

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