La clonación de su hermana

CONACIÓN

Después del viaje todo se fueron a la cama, agotados. Manu la había invitado a tomar una copa, pero muy a su pesar tuvo que decirle que no. Pasada las 23:30 salió de su habitación y se dirigió a la cafetería del hotel. Estaba vacía y en penumbra, solo iluminada por la luz próxima de recepción, tenue y lejana. Solo en una mesa se encontraba él. Era Rob, la misma persona que le había recogido en el taxi al salir del aeropuerto. No le gustaba estar con él, pero su relación no era precisamente personal y tenía que hacer de tripas corazón.

- Hola Corín, dijo Rob en en tono frio

- Hola ROb, ¿qué tal todo’

- No lo sé Corín, dímelo tú. ¿has podido enterarte de algo?

- No Rob, no he encontrado el momento….demasiada gente alrededor

- ¡Cómo es posible! Has estado más de dos horas hablando con él en el avión, luego todo el día de ayer y el traslado en el barco. ¿Tan difícil es preguntar por su familia? Mira Corín, sabes que esto no es un juego- continuó algo más calmado.

- Entiendes lo importante que es averiguar lo que realmente pasó con su hijo. Nosotros arriesgamos mucho, pero tú también. Te recuerdo que si se hace público tu trabajo, no solo te dará la espalda la comunidad científica, sino que te será muy difícil volver a trabajar en alguna Universidad de mínimo prestigio. Además, como bien sabes, el riesgo de poder perder a tu hermana para siempre.

Lo sabía, no necesitaba que se lo recordaran. Lo tenía presente cada minuto de su vida desde hacía ya más de ocho años. A Sophie, su hermana melliza la había sido detectada una enfermedad rara, igual que le había pasado al hijo de Manu. A diferencia de éste, la vida de Sophie estaba ya acotada. Los médicos la dieron una esperanza de vida no superior  a los tres años.

Había pasado su infancia y su juventud en el entorno de una familia conservadora católica, a pesar de sus raíces árabes. En  este ambiente, el estudio y el posterior trabajo habían venido marcados por la estricta educación que había recibido por parte de sus padres.

Los últimos meses habían sido trepidantes y la habían conducido por un camino que nunca tuvo previsto transitar. Al finalizar la carrera de biología se había especializado en ingeniería genética, trabajando como investigadora en un centro de investigación público mientras finalizaba su tesis doctoral. Una vez concluida, consiguió rápidamente una plaza de profesora titular en el departamento de bioquímica de la Universidad de Lovaina. Durante casi cinco años compatibilizó su labor docente con una convencida y vocacional labor investigadora. Una vocación forjada por la pasión de Sophie. Desde el momento que asimiló la enfermedad de su hermana había dedicado todos sus esfuerzos a intentar averiguar el origen de su enfermedad y la posibilidad de avanzar en una cura.

Fue al asumir que no existía solución posible, cuando su vida volvió a dar un giro de ciento ochenta grados. Cinco años después de dedicarse por entero  a la investigación, recibió una sustanciosa oferta de un centro de investigación privado en Israel,  aunque no fue el dinero lo que la atrajo. Ahí coincidió con numerosos colegas de todas las nacionalidades, todos ellos genetistas.

El proyecto era todo un reto, una puerta abierta a la esperanza. Muchos de los mejores y más jóvenes especialistas en la materia, dispuestos a explorar nuevas posibilidades genéticas. Lo último en tecnología y un presupuesto de vértigo habrían sido razones de por sí suficientes para convencerla, pero hubo una más, una razón mucho más poderosa. La posibilidad de no perder a Sophie, de repente tomaba carta de naturaleza.

La primera reunión la mantuvo en Tela Aviv, tras un vuelo en business pagado por la propia Organización.  A pesar de que en la reunión iba a participar el Consejo de Dirección, los directivos no estuvieron presentes. En la sala solo se encontraba ella y un tal Rob, con el que había mantenido una larga conversación telefónica, en la que le explicó de manera somera el proyecto, pero de forma tan sugestiva que no dudó en ir hasta Israel a mantener la entrevista. No era investigador, sino una especie de director ejecutivo, que pilotaba el funcionamiento general del Centro. El resto de los asistentes, dos hombres y una mujer, se conectaron por teleconferencia a pesar de que la sala estaba equipada con sistema de video, por lo que no pudo verles las caras.

Le explicaron su proyecto de mayor envergadura, relacionado con la clonación. Le anticiparon que La Organización, como ellos le llamaban, era una ONG, porque era imprescindible pasar invertidos y tener facilidad de movimiento en diferentes países. Le contaron todos los avances que ya habían realizado en este campo y destacaron la total confidencialidad del mismo. A partir de entonces muchas veces se había preguntado por qué la habían proporcionado tantos detalles de un proyecto tan confidencial, cuando todavía no pertenecía a la organización. No tardaría en averiguarlo.

Nunca había trabajado en el campo de la clonación, pero como cualquier genetista, seguía muy de cerca todos los progresos. Nadie mencionó la clonación de personas, pero no había sido difícil imaginarlo cuando le contaron las principales líneas de investigación. La principal de todas era conseguir una clonación viable, no solo física, sino también de memoria cognitiva y emocional, y ya habían avanzado mucho. Sabían que la combinación de un número determinado de genes era capaz de expresar el carácter, y que éste junto con la memoria, conformaban los sentimientos.

Tenían la tesis de que el traslado íntegro de esta parte intrínseca de un ser vivo a otro permitía que, al igual que sucede al ejecutar el archivo de instalación de un software, se instalaran en el individuo clonado factores intangibles como la emotividad, los sentimientos, etc. De una manera muy sencilla, el carácter era el hardware y la memoria el archivo de ejecución de un complejo software que marcaba la personalidad y todos los factores racionales y no racionales. El cuerpo no era otra cosa que la fuente de energía que permitía que todo funcionara.

Se trataba de una teoría apasionante, un enfoque completamente nuevo sobre el que nunca había leído nada. Poco a poco, según iba devorando los estudios, los experimentos y los resultados, fue germinando en ella un idea disparatada, una imagen que intentaba alejar de su cabeza, pero que cada vez veía de forma más nítida. Podía salvar a Sophie, o al menos podría conseguir que continuara viviendo, aunque muriera. Una paradoja que la aterraba, pero que deseaba cada vez con más fuerza, hasta tal punto, que su vida ya solo tuvo un objetivo.

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