(R1) La muerte de David

DAVID

La muerte de David supone un antes y un después en la vida de Manu y en su relación con su mujer, Iratxe. Un vista retrospectiva a un pasado próximo en que cambiará definitivamente con la aparición de Corín.

 Iratxe trabajaba en el Parlamento cuando yo entré en la Comisión con una beca. Era un año mayor que yo y coincidimos una noche durante una cena con un amigo común, en un pequeño local de la ciudad de Brujas. Conectamos en seguida. Ella trabajaba como intérprete, debido a su dominio de varias lenguas, como el inglés, francés, italiano y portugués. Vivió en Vitoria hasta los nueve años, hija de madre alavesa y padre italiano. A esa edad se desplazó a con su familia a Estados Unidos, donde finalizó su etapa escolar y el highschool en un instituto próximo a su casa de Saint Louis. Por aquel entonces sus padres ya se habían separado. Iratxe prefirió no acompañar a su madre de vuelta a Vitoria y optó por estudiar la carrera de relaciones públicas y comunicación en la Universidad de Lovaina. Pero no fue su titulación, sino el dominio de los idiomas lo que le permitió entrar como freelancer en el Parlamento, para a los pocos años acceder a una plaza definitiva como intérprete.

Nos casamos en un pueblecito de Álava cuando yo acabada de cumplir los veintinueve y ella los veintisiete, dos años después de habernos conocido. Ella continuaba mejorando en su carrera administrativa en Bruselas, mientras que yo tuve que dejar la ciudad, una vez terminada mi beca y tras varios intentos fallidos de acceder a una plaza fija en la Comisión.

Fueron tres años en los que compatibilizaba las sucesivas convocatorias con un trabajo a tiempo parcial en un importante lobby agrícola en Bruselas. Se trataba de una empresa con sede en Tel Aviv que me ofreció un  lucrativo puesto de Director de Asuntos Públicos y Relaciones Internacionales. La decisión no fue fácil, pero por aquel entonces Iratexe estaba totalmente entregada a su trabajo y yo necesitaba lanzar mi carrera profesional. Por otro lado, nuestra relación se había enfriado y, aunque vivíamos cómodamente y sin tensiones, cada vez más nos centrábamos en nuestros propios proyectos, mientras nuestra vida de pareja discurría de una manera cada vez más distante, pero respetuosa.

Por aquel entonces David ya tenía dos años. Nació pronto, poco más de un año después de nuestra boda. La verdad es que mi acuerdo con la empresa me permitía desplazarme a Bruselas en  numerosas ocasiones y ella, dado la flexibilidad de su trabajo, también venía con cierta frecuencia a Tel Aviv.

El nacimiento de David supuso un importante cambio en nuestras vidas. No nos unión como pareja, pero sí empezamos a compartir la alegría y la responsabilidad de nuestro hijo. Nuestra situación económica nos permitía disponer de un cómodo apoyo doméstico, lo que permitía a Iratxe ocuparse de David aunque yo  estuviera fuera.

A David le detectaron una enfermedad de las llamadas raras. Esas, que al ser padecidas por muy pocas personas, no son objeto de grandes investigaciones, y suelen estar ancladas en un limbo científico que no permite ni conocer su origen ni disponer de tratamientos que garanticen su cura.

Habían sido dos años de angustia, prueba tras prueba. La Distrofia Muscular de Becker le fue diagnosticada a los siete años, mucho antes de lo habitual, haciendo mella en su frágil cuerpo. Primero lentamente, con síntomas que condicionaban poco el día a día, como pérdida de movilidad, algunas caídas sin motivo aparente, dificultad para agarrar la cosas. David se lo tomaba con excelente humor. Todos estábamos pendientes de él, no sufría dolores e incluso había muchos días que no iba al colegio. En su inocencia, pensaba que lo que le pasaba era una gran suerte, y así se lo decía una y otra vez a sus primos, cuando le iban a visitar.

Pero fue en los últimos meses, ya cerca de los nueve años, cuando se aceleró el proceso y en poco más de tres semanas le dejó completamente inmóvil, en la cama del hospital. Los médicos no le encontraron explicación, ya que la evolución de esta enfermedad degenerativa acorta la vida de los pacientes, aunque pueden alcanzar la edad adulta y algunos incluso, vivir una vida completa, pero limitada por muchos de sus síntomas.

Lo peor fue ver cómo decaía su ánimo, cómo empezó a tomar conciencia de que algo muy serio le pasaba. Su total impotencia al no poder mover los brazos ni las piernas le hicieron perder la chispa y el brillo de sus ojos y, aunque es verdad que nunca llegó  a la desesperación, nuestra total incapacidad para explicarle lo que le sucedía, nos aplastaba con una losa, nos dejaba una y otra vez sin aliento, intentando contener unas lágrimas que no podíamos mostrar delante de él, pero que corrían sin control en cuanto encontrábamos un pequeño espacio de intimidad.

El final fue dolorosamente sencillo, aunque quizás cualquier otro también lo hubiera sido. Murió una mañana de invierno, un día frio y soleado, sin un gesto de dolor, sin nada que pudiera mostrar la enorme importancia de ese trágico momento, pero con una profunda mirada de ternura, de inocencia resignada. Sucedió después de tomar parte del desayuno que le habían servido a eso de las ocho de la mañana, recostó la cabeza y se durmió, para no despertar más. O al menos entre nosotros, entre las personas rotas que no podíamos entender la naturaleza de una vida tan breve, de unas creencias, de unos principios, que se acaban de romper en mil pedazos. Cientos de pequeños trozos de cristal que habían quedado incrustados en nuestra carne, en nuestra alma, y que sabíamos nunca podríamos arrancarnos, latigazos de dolor que ya siempre nos recorrerían.

Después de su muerte todo cambió. Las brasas que parecían haberse reavivado se se apagaron definitivamente y los dos quedamos sumidos en una tristeza que lejos de unirnos, nos fue separando con un ritmo inexorable y desesperadamente conformista. No hubo reproches, no se produjeron discusiones, solo un monótono distanciamiento, alimentado por la sensación de culpa de Iratxe, convencida de su responsabilidad por la enfermedad de nuestro hijo. Una actitud autodestructiva que poco a poco fue minando el poco cariño que nos quedaba.

Aun así, intentaba ir al menos una vez al mes a Bruselas a pasar el fin de semana con ella, pero cada viaje que hacía, cada reencuentro con esa ciudad y con todo lo que había rodeado los nueve años de vida de David, eran para mí una dolorosa experiencia. Fue precisamente en la vuelta de uno de esos viajes cuando conocí a Corín y todo lo que había hecho, todo lo que había sido hasta entonces, se convirtió en no más que un prólogo de lo que iba a ser el resto de otra vida.

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