El extraño Josu

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En este capítulo se relatan los encuentros de Manu con Josu, el enigmático amigo que Manu se encuentra en el aeropuerto de Tel Aviv. Tres veces antes se había cruzado en su vida, apareciendo y desapareciendo de forma misteriosa. La última se esboza, pero queda pendiente de ser explicada en otro capítulo, dada su mayor trascendencia.

Pero, ¿quién era Josu? La verdad es que no lo sabía, no sabía dónde vivía, no tenía su número de móvil, ni su email, no encontré su perfil en Facebook, ni en Linkedin, tampoco aparecía ninguna referencia en Google, incluso dudada de que ese fuera su verdadero nombre.

Todavía recuerdo con claridad la primera vez que hable él. Como todo lo que le rodeaba fue algo insólito, y aún ahora no llego a entender cómo sucedió. Una mañana a principios del verano, pocas semanas antes de casarme, me encontraba en la sala de videoconferencias de la asociación de empresas para la que trabajaba en Bruselas. Tenía que pilotar una reunión online con técnicos de varios países. Se trataba de una comité de coordinación y por primera vez mi jefe me pidió que acudiera en solitario a la misma. El tema era sencillo, había que informarles de los últimos pasos que habíamos dado para la organización de encuentros con altos cargos de la Comisión, con el objetivo de influir en la tramitación de un reglamento que podía perjudicar su negocio tecnológico en la Unión Europea.

De manera previsora activé la teleconferencia cinco minutos antes, dejándola abierta a la conexión de los otros asistentes. Casi de forma inmediata accedió el primer invitado, lo que me sorprendió, ya que en este tipo de reuniones es poco habitual conectarse antes de la hora. La voz metálica de la máquina anunció su nombre, Josu, de España. Sabía que nuestro socio español iba a entrar, pero me sorprendió su nombre, ya que no conocía a ningún Josu en la matriz valenciana.

Comencé a hablar sin indagar más sobre este asunto, al fin y al cabo, era bastante común la suplencia de los asistentes y quizás, yo tendría que saber quién era, así que preferí dar por supuesto que se trataba de la persona que esperábamos. Ya había participado en muchas de estas teleconferencias y sabía de forma intuitiva como mantener vivos esos incómodos y distantes tiempos muertos.

-       “Buenos días Josu, supongo que por Valencia mucho mejor que por aquí, que no para de llover”,

El tiempo era uno de los recursos más socorridos, que siempre permitía abrir esas intrascendentes conversaciones entre colegas casi desconocidos

-       “A mí me gusta la lluvia”, respondió Josu al cabo de unos segundos

Fue un comentario casi trascendente, sin prepotencia, como quien intenta compartir una humilde confesión. Lo dijo con una voz suave y profunda, de cadencia pausada.

-       “Bueno, bueno, pero para nuestro negocio, el que llueva poco es buena cosa”, dije de forma poco reflexiva, intentando ser ocurrente y a la vez un buen profesional del sector de los riegos.

Durante unos segundos dudé que hubiera escuchado mi comentario.

-       “¿Cómo van los preparativos de tu boda?”, preguntó Josu con toda naturalidad y con sentido interés

La pregunta me dejó descolocado. La verdad es que era un tema que había llevado con mucha discreción. Solo me sentí en la obligación de decírselo un día de pasada, a mi jefe, a lo que reaccionó con fingida alegría. No creía que ni siquiera volviera acordarse de ello. Al fin y al cabo, yo era un freelancer a tiempo parcial en esta asociación y mi boda se iba a celebrar en pleno mes de agosto en España. Al resto de mis compañeros ni se lo comenté. Les trataba poco, con mera cortesía, pero no compartía con ellos mucho más que algún café esporádico, los días que me tocaba desplazarme a la oficina. El teletrabajo era una opción laboral que me había sido impuesta, dada la falta de espacio, y que me tenía alejado de mis compañeros. En todo caso, no alcanzaba a entender cómo se habría enterado, sobre todo, porque tampoco nos conocíamos, o eso creía yo.

Respondí ganando unos segundos valorando si entraba en detalles o daba una respuesta evasiva.

-       “Mi novia se ocupa de casi todo; en realidad la familia de mi novia. Nos casamos en Bilbao y yo la estoy dejando hacer. Pero vamos, ya tenemos el día, la iglesia y sabemos dónde lo vamos a celebrar, que no es poco.”

-       “Ah!, os casáis por la Iglesia.”

La exclamación fue afable, sin segundas, pero parecía transmitir sorpresa, la curiosidad de un amigo que te conoce bien. En aquel momento, tampoco lo analicé. Josu tenía una voz serena, sin malicia, sin gentileza impostada.

-       “En fin, cosas de familia, ya sabes. Ni Iratxe ni yo tenemos especial interés, pero nuestros padres, bueno, nuestras madres, se podrían sentir un poco decepcionas y la verdad es que a nosotros tampoco nos cuesta mucho.”

-       “Bonito gesto”, dijo Josu con admiración

-       “No creas, es algo que hacen muchas parejas. Más que un gesto, es quitarse un problema de en medio”, comenté con cierta socarronería

-       “No te equivoques Manu, dar una pequeña alegría a la gente que quieres no es quitarse un problema, es ganar para uno una satisfacción mayor.”

-       “Sí, bueno, visto así”, contesté sin percatarme en ese momento de que él sí sabía mi nombre

-       “Nuestros actos también hay valorarlos por el efecto que producen, grande o pequeño, independientemente del motivo.”

-       “¿Quieres entonces decir que cuando uno hace o deja de hacer algo por miedo o por egoísmo, algo de lo que otros salen beneficiados, eso es bueno?”

-       “No exactamente, pero sí. Ayudar a alguien, por el motivo que sea o incluso sin premeditación, es una antesala de futuras decisiones maduras, y eso es bueno.”

Seguimos hablando, con una confianza, que me sorprendió. No fue mucho tiempo, poco más de diez minutos, envueltos de una extraña intimidad entre dos desconocidos, que ni la distancia ni la frialdad de un teléfono, habían sido capaces de impedir

Cinco minutos más tarde de la hora prevista, la máquina empezó a reproducir nuevos nombres y nuevos países o ciudades de origen, y empezaron los sucesivos y rápidos saludos de cortesía. El último fue Román, de Valencia. Me quedé perplejo al escucharlo.

-       “Buenos días Román”,

-       “Buenos días Manu”

-       “Román, ¿vais a asistir a la reunión Josu y tú por España?”

-       “¿Josu?”, respondió sorprendido.

-       “No, que yo sepa solo me conecto yo”

Entonces, como es habitual recapitulé los asistentes,

-       “Vamos a empezar que ya vamos con retraso. Estamos Jann de Alemania, Peter de Reino Unido, Katherine de Francia, Johan de Suecia, Isabella de Portugal, Carlo de Italia, Román de España y yo desde Bruselas. ¿Me he dejado a alguien?”

Esperaba que Josu dijera algo y se identificara, pero nadie respondió.

La segunda vez que supe de él fue en Praga, dos años después. En un viaje que hicimos Iratxe y yo con un par de amigos. Nuestra joven vida matrimonial discurría entre el trabajo y los numerosos viajes que nos gustaba organizar, o bien para visitar a nuestras las familias o para conocer diferentes lugares de Europa.

Esa noche Iratxe se encontraba mal y decidimos retirarnos antes al hotel, mientras nuestros amigos concluían los postres de una copiosa cena, para luego irse a tomar unas copas. Llovía en abundancia y le aconsejé a Iratxe que esperara bajo el toldo del restaurante mientras me acercaba a la esquina a buscar un taxi en la calle principal.

No tardé ni un minuto en ver aproximarse uno vacío y hacerle parar. Justo al lado mío un hombre joven también parecía querer tomar el mismo taxi. Me encontraba cansado, mojado y ligeramente contrariado por tener que volver al hotel tan pronto, por lo que mi primera reacción fue defender mi prioridad. El otro hombre se volvió en cuanto llamé su atención y me miró con un gesto amable y sin tensión.

-       “Disculpe, no me había percatado”, dijo con una voz cálida, que contrastaba con la fría noche y con la animosidad de la que yo había hecho uso.

La tranquilidad de su comentario, su cara amable y el sonido de una voz que me era lejanamente familiar, me tranquilizaron de forma inmediata.

-       “No, no se preocupe, ya cojo yo el siguiente”, dije mientras levantaba la mano para parar otro taxi que, justo en ese momento, doblaba la esquina.

No dejaba de mirarme, sin impertinencia, y tras unos segundos de silencio, dijo

-       “Eres Manu, ¿no?”, preguntó cambiando del inglés al español

-       “Sí, sí…¡eres español!”, titubeé mientras intentaba recordar de qué nos conocíamos

-       “¿Qué tal Iratxe?, ¿Cómo le va el embarazo?”

Empezaba a estar nervioso. Su voz me sonaba, pero no era capaz de recordar quién era. Por otro lado, hacía poco más de una semana que nos habíamos enterado de que ella estaba embarazada y solo habíamos tenido oportunidad de decirlo a la familia muy cercana y a nuestros mejores amigos. No obstante preferí disimular, ya que él me conocía y no quería parecer descortés.

-       “Todo, bien, más allá de los mareos típicos de los primeros meses”. Respondí sin querer entrar en demasiados detalles

Se quedó mirándome y después de un profundo suspiro, dijo

-       “Hay que ser valiente para decidir tener un hijo”

-       “Bueno, no seremos los primeros ni los últimos”, sonreí

-       “Sí, sí, pero hay que serlo”, continuó diciendo. “Son muchas las alegrías que os dan, pero enormes las penas que cargan sobre vuestras espaldas cuando llegan los malos momentos, que no siempre aparecen, pero que si lo hacen, dan al traste con todas las ilusiones.”

No fue un consejo grandilocuente, quizás una sugerencia dirigida a nadie en particular. Una reflexión en voz alta que no ponía en duda la decisión de tener un hijo, sino que la engrandecía.

Entre tanto, el primer taxista, aparcado un metro más adelante asomó la cabeza por la ventanilla.

-       “Disculpe, ¿va a subir al taxi? Si quiere puede seguir hablando en el coche, la cobertura es buena por esta zona”, dijo el taxista en un pésimo inglés, con un tono bastante irritado

-       “Sí, perdone, un momento”, respondí sin entender demasiado su comentario.

Entonces, el hombre me cogió suavemente del brazo,

-       “¿Cuál de los dos taxis vas a coger Manu?”

Me chocó un poco la pregunta, pero respondí, con cierta vacilación,

-       “Me da igual uno que otro, si te parece me voy en el primero, aunque supongo que los dos me llevarán al mismo sitio”

Él sonrió de manera casi indulgente,

-       “Depende, de a dónde le digas que te lleve. Vayas donde vayas, me  alegro de volver a saber de ti”. Da un beso muy fuerte a Iratxe, y mucho ánimo, nos volveremos a encontrar

Mientras me acercaba al taxi, volví un momento la cabeza, sin poder contener mi curiosidad.

-       “Perdona, pero es que no termino de recordar tu nombre”

-       “Lo sé”, respondió. “Soy Josu”

Unos segundos después, al subir al taxi, me vino de repente a la cabeza la conversación de hacía un par de años y me volví instintivamente para intentar decirle algo, pero el taxista acaba de acelerar por el pavimento empedrado.

En ese momento me di cuenta de que estaba empapado, mientras Josu seguía de pie, mirando hacia mí, con la ropa y la cara secas, sin que una gota de agua corriera por su abundante pelo castaño. Pensé que era un efecto óptico, por la difusa imagen que ofrecía la distancia y la lluvia, que aunque ya había perdido fuerza interponía un tenue velo entre ambos.

Justo entonces nos adelantó el otro taxi. En él solo iba el conductor, con una mano al volante, mientras que con la otra me indicaba con un feo gesto su indignación; a la vez, profería lo que suponían eran otros insultos, en el idioma local que yo no entendía. Josu ya no estaba en la acera.

En una par de minutos paramos en la puerta del restaurante e Iratxe se subió al lado mío.

-       “Pero Manu, ¿qué hacías?, ¿por qué paraste dos taxis? Te has empapado. No entiendo por qué has estado tanto tiempo a voces con el taxista en mitad de la lluvia”, exclamó Iratxe, entre preocupada y enfadada

-       “Nada, hablaba con un conocido”.

-       “¿Estaba en el taxi? ¿y quién era?”

Estaba helado, con frio y cansado, por lo que no me sentí capaz de dar respuesta a una pregunta que no entendía, sobre alguien que casi no conocía, pero que no me dejaba indiferente. Además, la noche, la lluvia y los grandes arbustos de la acera, habían impedido a Iratxe ver a mi interlocutor.

-       “Nada, un compañero de Bruselas que no conoces”, y con ello di por zanjado el tema

La tercera vez y última que supe de Josu, antes de verle en aeropuerto en Tel Aviv, coincidió con el día más doloroso de mi vida, en un hospital en Bruselas. Un encuentro en el que tiempo, al contrario que en los dos anteriores, no fue fugaz.

10 Comments

  • Responder diciembre 2, 2013

    Lourdes

    Ánimo Sonia, no es por que seas mi amiga, pero me gusta….ya te he votado. Por cierto, ¿se puede votar más de una vez?

    • Responder diciembre 2, 2013

      Glosobook

      No, solo una vez por capítulo, por mucho que te guste… :-)

  • Responder diciembre 5, 2013

    Nash

    Vaya Sonia ! Este Josu es agente secreto o qué ?? Ja ja ja
    Muy buen capítulo !!
    Me gusta la idea que planteas sobre este personaje.
    Felicidades!

  • Responder diciembre 10, 2013

    Amaya

    Dios no se cuál me gusta más creo que este

    • Responder diciembre 10, 2013

      Glosobook

      Está dificil, ¿eh?. A ver si la gente se anima y nos lo pone más dificil todavía…

  • Responder diciembre 26, 2013

    Cristina

    Sonia, está genial! ya solo me queda averiguar donde se vota… No se por donde va a seguir esto, pero tiene una pista estupenda. Este halo de misterio me deja con ganas de leer mas. Estaré pendiente del siguiente capitulo. Animo!

  • Responder diciembre 26, 2013

    Sonia

    Gracias a los que habéis opinado….espero que si sale votado, el siguiente también os guste. En el ya me meto a fondo con la trama

  • Responder diciembre 26, 2013

    GLOSOBOOK

    Cristina, para votar sólo tienes que picar en el “me gusta” o “no me gusta” al pie de cada capítulo….y gracias por participar

  • […] El extraño Josu […]

  • Responder junio 18, 2014

    EDWAR PASAPERA CALLE

    Que buen capítulo. Interesante y curioso Josu

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