El beso

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Daba igual. Realmente pensaba que sus posibilidades de besarla eran remotas. No era muy seguro a la hora de tomar la iniciativa con las mujeres y, por otro lado, la imagen de su mujer era un freno inconsciente que en no pocas ocasiones le había impedido cometer deslices matrimoniales; algo de lo que, hasta la fecha, se había alegrado. En cualquier caso, estaba dispuesto a disfrutar de una situación que, quizás fueses temerario e irresponsable, le producía más places que miedo.

Llegaron alrededor de las 20:00. Aunque Corín y el fueron en taxi, la gran cantidad de coches lujo que jalonaban el camino de acceso y el propio parking privado, daban muestra de que no se trataba de una cena como a las que estaba habituado. Al final habían comprado un traje gris oscuro de corte mucho más moderno de lo que él estaba habituado. También la corbata había sido elegida por ella. Un conjunto que, tuvo que reconocer, se adaptaba mucho más al estilo de los ricos asistentes de esa ciudad que a su algo conservadora vestimenta española. Mucho mas espectacular era el traje de Corín. Un vestido azul por encima de la rodilla, aparentemente poco apropiado para una cena de gala, con poco escote, pero con un corte tan ajustado a su figura que la sensación era todavía más excitante. No podía quitarla ojo, y ella lo sabía.

Se trataba de un palacete del siglo XIX, espectacular desde fuera, pero todavía más por dentro, donde habían sabido integrar con extrema habilidad un estilo modernista que en en ningún caso desentonaba con el estilo clásico de la construcción, sino que lo realzaba.

El cóctel que precedió a la cena fue intenso. Gran cantidad de gente conocía a Corín y ella parecía conocer a todo el mundo. Entre unos y otros, no pararon de saludar a gente y mantener corta conversaciones con cada uno de ellos. Hablaban de todo, de política, de arte, de deportes, de ciencia, etc. Pero lo que más le admiró fue su capacidad de comenzar y terminar conversaciones de forma rápida pero extremadamente inteligente y cortés, y la habilidad para incluirle en ellas sin que pareciera que estaba de complemento.

En la cena estuvieron en una mesa divertida. Además de ellos dos, una pareja de artistas de San Francisco, un alto cargo de sanidad del gobierno, el ex entrenador de balonmano de la selección nacional con su mujer y la inspectora de la embajada francesa, que se presentó como una científica especializada en genética de la Universidad de Montpellier.

Me sorprendió su profundo conocimiento de la materia, de la que habló largo y tendido con el alto cargo de Sanidad, mucho menos lego en este tema. La biotecnología agraria dio paso a los transgénicos y de ahí a la clonación de animales y de seres humanos. Fue justo cuando se abordó este tema cuando a Corín le cambio el gesto casi de forma imperceptible y empezó a participar de la misma. La inspectora defendía la inviabilidad de la clonación en seres humanos. Lo argumentó con datos, con estudios, con experimentos, pero siempre Corín aportaba una réplica que, cuanto menos ponía en duda la posición de la investigadora que, no obstante, afrontaba la discusión con extrema cortesía y templanza. La discusión finalizó con una pregunta de Corín,

- Vale Valerie, así de decía llamar la inspectora, ¿qué pasaría si realmente se consiguiera la clonación en personas y las nuevas personas obtenidas nos solo fueran iguales en lo físico, sino también en los psicológico?, ¿si se pudiera transmitir el alma?, ¿quienes se vería más amenazados si el ser humana alcanzara la capacidad de crear seres humanos y no solo fuera Dios?

- Corín, lo sabes también como yo. Pero se te equivocas en una cosa.

- ¿En qué?

- Que si algún día eso fuera posible, algo que estoy convencida no va a pasar, lo que la humanidad habría logrado es hacer una copia, no crear algo nuevo.

Justo en ese momento pidieron silencio para la palabras finales de los anfitriones, y la conversación de dio por acabada.

En el momento de las copas, en mitad del jardín y mientras llevaba un par de gintonics para compartir con Corín, vi a Josu, estaba entre un grupo de personas, pero no participaba en la conversación, solo les escuchaba con atención. Cuando me estaba acercando a él Corín me interceptó, y sin mediar palabra, me dio un suave beso en los labios, para luego seguir hablando como si nada hubiera pasado. Ya no escuchaba lo que decía, solo veía como la inspectora me miraba con un gesto de preocupación mientras Josu se alejaba hacia la puerta de la entrada con un andar fatigado, pero sobre todo, notaba como llenada una sensación de extremo bienestar.

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