CAPÍTULO 1: El vuelo de regreso

destacada-4002

Resumen: Manu regresa a Tel-Aviv después de pasar por la dolorosa experiencia de perder a su hijo de nueve años, víctima de una rara enfermedad. En dicho vuelo conocerá a Corín, una atractiva cooperante francesa de una ONG, en plena zona de conflicto árabe-israelí. 


Llevaba más de media hora con los ojos clavados en un vasto mar de nubes. La caída del sol transformaba su blanco algodonoso en un ocre crepuscular, pero mis pensamientos estaban mucho más lejos. El Airbus 319 había despegado de la T4 del Aeropuerto de Barajas hacía poco más de una hora y todavía quedaban otras tres más para tomar tierra en Yafo-Ben Gurion, en Tel-Aviv. En ese momento observé la estela de otro avión cuya trayectoria cruzaba justo por debajo nuestro, probablemente a decenas de kilómetros. Una imagen que ya había visto en numerosas ocasiones, pero que me distrajo de las extrañas y confusas sensaciones que en los últimos meses me venían una y otra vez a la cabeza. Un jeroglífico al que intentaba buscar un sentido que, por ahora, no encontraba.

Ambas aeronaves llevaban en su interior mundos diferentes, en su mayoría sin ninguna conexión entre sí. Sin embargo, todos los pasajeros de cada vuelo teníamos, al menos en ese viaje, una realidad compartida. A pesar de ello, ¿quién me podía asegurar que no existía algún vínculo entre unos y otros? Posiblemente algunos siempre desconocidos, mantenidos en ese universo oscuro en el que los sucesos acontecen, muy próximos, pero que pasan sorprendentemente inadvertidos. Efemérides imperceptibles, que los propios protagonistas nunca llegarían a descubrir. Pero entre todos ellos, quizás, había alguna línea directa que conectaba estos dos mundos que, de forma casi azarosa, se acababan de cruzar, en la inmensidad del cielo mediterráneo.

-Buenas noches, disculpe, ¿qué desea para beber? – En aquel momento la voz de la azafata me sacó de mi ensimismamiento. Era la hora del almuerzo y reclamaba mi atención para proveerme de esos siempre decepcionantes y apretados menús de clase turista. Una bandeja con demasiados alimentos en pequeñas dosis, con su correspondiente y excesivo menaje plástico.

-Vino tinto, por favor

Fue entonces cuando me fijé en mis dos compañeros de viaje. El más alejado, en la butaca de pasillo, era un adolescente de poco más de diecisiete, años abstraído en la música, que escuchaba a través de los cascos de un Iphone última generación. Justo pegada a mí, una mujer que superaba la treintena, vestida con una elegancia juvenil, y que me acercaba la copa de vino que acababa de pedir.

No era yo dado a establecer conversaciones con mis vecinos de asiento; de hecho, si ellos la iniciaban, tendía a mantenerla el tiempo mínimo para no parecer descortés, y luego me escondía en la lectura de un ebook, que a veces era más una puerta de huida que una herramienta de lectura. A menudo pensaba que había poca gente interesante con la que hablar en un viaje de trabajo, pero con el tiempo me di cuenta de que probablemente, era yo el que despertaba poco  interés, incapaz de de mantener una conversación sugestiva con personas que no conocía.

Este caso era distinto, sus rasgos sencillos, su rostro amable y el manual sobre riego que estaba leyendo, fueron suficientes motivos para que rompiera mi mala costumbre y me lanzara a una, previsiblemente, corta conversación.

-Muchas gracias ¿trabajas en temas de riego? -pregunté, mientras señalaba con la mirada el libro que acababa de guardar en la bolsa trasera del sillón.

Suponía que como hobby no debía haber nadie que se interesara por esa materia.

-La verdad es que no -respondió con un limitado español y claro acento francés.

-Es la primera vez que leo algo sobre este tema, y la verdad es que por ahora, no entiendo nada.

-¿Eres francesa?

-Más bien hispano-francesa, pero he vivido toda mi vida en Argelia y mi español lo tengo un poco oxidado.

Dudé si cambiar al francés, pero no quise ser descortés y opté por seguir hablando español, pero de manera algo menos coloquial. Por otro lado, su forma de hablar me encantaba.

Decidí seguir con el asunto del libro. Por un lado evitaba buscar otro tema, y además era una materia que dominaba. Los últimos siete años había trabajado en una empresa Israelí dedicada precisamente a la fabricación y comercialización de modernos sistemas de riego, que exportaban sobre todo a Sudamérica, pero que también comercializaban en países de la Unión Europea, como Rumanía, España, Francia y Portugal. Fue precisamente mi nacionalidad, junto con el dominio del francés, mi conocimiento de las administraciones europeas y mi especialización doctoral en riegos, lo que me abrió la puerta de esta compañía. Antes, estuve tres años trabajando en Bruselas, primero con una beca en la Comisión y luego en un lobby del sector industrial, donde conocí a mi mujer.

En ese momento volvieron a mí, agolpadas, las imágenes de las intensas y tristes semanas que acababa de vivir en Bruselas y en Bilbao, y que durante unos segundos se clavaron en mí. Casi no tuve tiempo de volver a sumergirme en ellas, porque esta vez fue ella quien decidió reactivar la conversación.

-¿Por qué?, ¿tú sabes de esto?

-Sí, algo sé. En realidad trabajo en una empresa en la que fabricamos y vendemos ‘pivots’.

-¡Anda!, que casualidad. Pues la verdad es que me harías un enorme favor si me explicaras lo básico, al menos para que yo pueda intentar descifrar el resto de este ‘ladrillo’. ¿Así decís en España? -preguntó abriendo unos ojos claros, que llenaban de expresión a sus bien marcados rasgos árabes.

-No sé si seré capaz de explicártelo sin aburrirte, pero si quieres lo intento. Por cierto, me llamo Manu.

-Yo Corín.

Entonces empecé un monólogo, interrumpido en no pocas ocasiones por sus inteligentes preguntas, en el que le fui contando sin grandes tecnicismos, aspectos básicos de este sector. Dimos un repaso a los principales sistemas de riego del mercado, no pude evitar hacer un poco de historia sobre los regadíos en el mundo, le enumeré algunas de las principales marcas y compañías que existían en el mercado, hablamos de precios de maquinaria, de cómo averiguar el tipo de sistema de riego mejor para cada caso, de la tecnología que incorporaban, etc.

Así fue pasando el tiempo y casi sin darme cuenta escuchamos el aviso de apagar los aparatos electrónicos porque comenzábamos la maniobra de aterrizaje en Tel-Aviv. En ese momento me di cuenta que no sabía por qué leía ese libro. Era algo que me sucedía con frecuencia, me enfrascaba en mi parte de la conversación sin plantearme pequeños pero importantes detalles. Una mala manía que ya me había generado no pocos problemas.

-Por cierto, Corín -pregunté mirando cómo ajustaba el cinturón de seguridad a una cintura de avispa, realzada por la presión de la correa. Si no trabajas en regadíos, ¿por qué estás interesada en este tema?, porque como libro de sobremesa, no parece el más apetecible.

-Cierto, creo que mi gusto por la lectura es algo más personalista y pasional que este frio tratado -dijo mientras su continua sonrisa mostraba una perfecta y blanca dentadura, que contrastaba con el moreno natural de su tez.

-Trabajo de cooperante en una ONG en Siria, y estamos intentando poner en producción algunas fincas que tienen muy buen suelo y que parece ser, o al menos eso han dicho los geólogos, disponen de importantes reservas de agua subterránea. Las prospecciones las van a comenzar a realizar dentro de un par de meses, y mientras tanto estamos preparando los proyectos. No es que los vayamos a hacer nosotros, porque no somos técnicos en la materia, pero me gusta saber de lo que hablo.

El avión aterrizó con suavidad y se aproximó hacia la zona de desembarque. Le di a Corín mi tarjeta y quedamos en que me llamaría o me mandaría un email para cualquier duda que tuviera. Ella no tenía tarjeta de visita, así que le tomé el número de móvil y el email en el reverso de una de las mías.

La entrada internacional en Israel siempre fue extremadamente pesada, y no terminaba de acostumbrarme a ella. Además, esta vez habíamos coincidido varios vuelos, alguno de los llamados ‘calientes’, provenientes de algún país árabe, que por el estilo de los pasajeros sería posiblemente Egipto.

Sabía que como poco tenía para media hora de espera, por lo que mi cabeza me volvió a llevar lejos, a lugares y situaciones tremendamente dolorosas, donde rápidamente se difuminaron las dos últimas horas que había pasado charlando con Corín; un pequeño bálsamo, un suave analgésico que solo había anestesiado por unos segundos el sufrimiento en el que me había hundido tras los últimos acontecimientos. Ese tipo de dramas que uno siempre piensa le van a ser ajenos.

Y entonces volví a verle a través de la gran cristalera que separaba la zona de salidas de la de llegadas. Era Josu. Ahí estaba, sentado en la sala de acceso de un vuelo a Roma, con ese aspecto tan habitual en él, ropa informal y demasiado fresca para las fechas en las que nos encontrábamos, algo desaliñado pero aseado. No hacía nada en particular. Josu parecía dejar pasar el tiempo, como si éste fuera imperecedero.

Siempre que había coincidido con él me quedaba la sensación de que el tiempo perdía su importancia, de que desaparecían los apremios que, en mayor o menor medida, acompañan nuestras decisiones. Transmitía serenidad, una sensación placentera que nunca supe a qué se debía, pero que me inundaba cuando hablaba con él, incluso cuando le veía sin hablar, como sucedía en ese momento. Quizás por eso disfrutaba de nuestros breves y esporádicos encuentros, quizás por eso nunca llegamos a hablar del pasado ni del futuro, tan solo de las pequeñas grandes cosas que componen el presente muy próximo.

Su mirada iba discretamente de uno a otro de los pasajeros y, de vez en cuando, se detenía en alguno de ellos mientras una leve sonrisa se dibujaba en su rostro. Entonces parecía ser cómplice, amigo, parte del entorno íntimo de ese desconocido, o quizás solo de algún lance de su vida. Parecía entender y disfrutar con esa persona de algo que, para el resto, estaba vedado.

En aquel momento fijó su vista en mí a través de la cristalera, entre la masa de personas que esperábamos en la gran sala. Una mirada profunda y amable, no al azar, sino con la seguridad de quien de antemano sabe lo que busca. Me hizo un leve movimiento de cabeza, un saludo sencillo, sin sorpresa, pero que transmitía la satisfacción de verme. Siempre me sorprendía. Aparecía y desaparecía en los lugares y en los momentos más imprevisibles, y esta vez tampoco fue una excepción.

En ese momento, una mujer mayor, con una pequeña maleta de ruedas, se acercó a donde Josu estaba sentado. Al instante se levantó y se alejó, lo justo para que ella ocupara su lugar en la silla, casi sin darle tiempo a retirarse, con una indiferencia y una premura extrañamente descortés, sin dirigirle ni una mirada ni un gesto que mostrara un mínimo agradecimiento por el rápido y amable detalle. En fin, estaba acostumbrado a la apatía emocional que generan los aeropuertos, por lo que lo entendí como una anécdota más de estos impersonales espacios, donde las personas se convierten en gente.

-¡Por favor!, ¿le importaría pasar por control? – Era la voz fría y autoritaria de una policía de aduanas que reclamaba mi atención.

-Sí, sí, disculpe -dije mientras superaba la línea roja del suelo y me acercaba a la cabina acristalada, desde donde otro policía me miraba con total indiferencia.

Volví la vista para despedirme de Josu, pero ya no estaba ahí. Solo pude ver cómo comenzaba el embarque de su vuelo, y supuse que ya se encontraría entre las decenas de pasajeros que comenzaban a formar la cola.

El resto de los trámites de aduanas fueron más rápidos. Preguntas convencionales, documentación y una somera pero siempre incómoda revisión de equipaje me permitieron llegar en menos de quince minutos a la parada de taxis. Al incorporarme a la cola, extrañamente corta, pude ver cómo Corín se subía a un Toyota, mientras el taxista metía su voluminoso equipaje en el maletero. Todavía llevaba en la mano el manual de riego. Gesticulé ligeramente para que reparara en mi presencia y volver a despedirme de ella, pero no se percató. Otro hombre reclamaba su atención, un joven rubio y corpulento, que no debía llegar a los treinta. Se acercó desde el extremo opuesto y se subió al taxi junto a ella, después de darle un delicado beso en los labios. Una sombra de cierta tristeza me asaltó durante unos segundos, al romperse una pueril ilusión, de la que no fui consciente hasta ese mismo instante.

Lee-y-vota1100x200

1 Comment

  • Responder noviembre 20, 2013

    Juan Ho

    Algo del capítulo llamó mi atención por un instatante, sin embrago mientras me sumergía en la lectura, fui perdiendo el interés, saludos

Leave a Reply