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A solas en su apartamento, y tras analizar el encuentro con Corín, Manu decide indagar sobre el origen y significado de la tablilla que había llegado a sus manos. La  posibilidad de estar ante un hallazgo de una naturaleza tan misteriosa le intriga tanto como para iniciar una investigación que arroja resultados sorprendentes

 Caminé a paso tranquilo hacia el hotel. Un moderno edificio de apartamentos, especialmente diseñado para ejecutivos, comerciales y otros viajeros que pasaban largas temporadas fuera de casa a causa del trabajo. No sabía si encasillarme en el primer o en el último tipo de huéspedes. No me consideraba un ejecutivo convencional. Había colgado la corbata hacia ya algún tiempo, y en ocasiones llegaba con las botas llenas de barro de cualquiera de los campos que supervisaba. Tampoco comercializaba nada de manera directa en Israel, asique posiblemente, sería más adecuado incluirme en el grupo de “otros viajeros a causa del trabajo”. Sin el carnet de turistas, ni pasaporte local, el aparthotel Kvar estaba poblado por los denominados “desplazados”, presentes en toda ciudad moderna y cosmopolita.

 Disponía de la serie de servicios habituales de este tipo de alojamientos: recepción, restaurante y varias zonas de estar donde nos entregábamos a diferentes lecturas en formatos también muy diversos.

 Yo no hacía un uso frecuente de ninguno de los servicios y zonas comunes de los apartamentos. Por lo general, prefería salir a cenar al Neve-Zedek, donde, sin esperarlo, aquella noche me había tropezado casualmente con Corín, y me había permitido pasar una velada muy agradable en su compañía.

 Atravesé la recepción sin reparar en nada de lo que había a mi alrededor, y, una vez en el ascensor, con la tablilla fuertemente asida bajo el brazo, las palabras de Corín se repitieron en mi mente, una y otra vez, como un mantra.

 -       El vendrá y a los ojos de los hombres se irá y ascenderá al cielo. Pero seguirá andando entre nosotros, entre los tiempos, por los siglos venideros…

 El reflejo de mi rostro en el opaco acero de las puertas del ascensor me atrapo durante unos segundos. En la penumbra del ascensor me sentí a la vez pesado y confundido por las palabras de Corín.

 -       Seguirá andando entre nosotros, por los siglos…

 ¿Por qué la frase se había grabado a fuego en mi cabeza?, ¿Por qué tenía la impresión de no ser la primera vez que escuchaba aquello? No podía recordar nada concreto, era tan solo una sensación.

 No me sorprendieron tanto las palabras de Corín, como el hecho de que tradujese aquellos símbolos ininteligibles y medio borrados, con la rapidez y facilidad de quien lee el gran titular de las noticias del día. Me había resultado sencillamente asombroso y extraño, como ella.  No entendía la relación que podría tener su trabajo en la ONG, con su conocimiento acerca del texto de la tablilla.

 “Ya te lo contaré” – me había dicho al despedirse -  que frase tan corta, pero a la vez  tan esperanzadora, abriendo la puerta a un nuevo encuentro.

 Un oportuno y sonoro “ding” elimino mi imagen de las puertas, que se abrieron hacia los laterales, y mis pensamientos se evaporaron a medida que me acercaba a la puerta del funcional e impersonal apartamento que tenía alquilado en la planta 27 del edificio Kvar.

 Tras unos monótonos, rápidos y cotidianos quehaceres, y una vez tumbado ya sobre la cama con mi iPad, comencé a indagar en diversas páginas de internet, buscando alguna referencia o mención a la existencia de un enviado que permaneciese entre nosotros por los siglos venideros. Revisé, sin detenerme demasiado, decenas de entradas a textos de los evangelios, libros de teología, antiguo testamento, e incluso algunos tratados de análisis de las escrituras, pero no hallé ninguna referencia al texto de la tablilla ni a la leyenda que me había contado Corín.

 Las tradicionales palabras y análisis del evangelio acerca de la llegada del enviado de Dios, y su posterior muerte, resurrección y ascensión al cielo eran las únicas parecidas que conseguí encontrar, hasta que me quedé dormido sin proponérmelo.

 No eran aún las 7.30 de la mañana cuando bajaba de nuevo al Lobby

 -       ¡Buenos días!

El ánimo de la recepcionista que hacia el turno de mañana era siempre una fuente de inspiración.

-       ¡Buenos días!, le respondí tratando de imitar su tono jovial

Había llegado ya a la puerta giratoria cuando volví sobre mis pasos con aire decidido.

-       Yaila, ¿verdad?, le pregunté tratando de ser especialmente amable

-       Sí, señor – respondió sonriente – ¿en qué puedo ayudarle?

-       Verás Yaila– le dije desplegando mi mejor sonrisa -   me preguntaba si tú podrías ayudarme a encontrar algo

-       Dígame señor, lo intentaré -  contestó reticente, ante una petición tan vaga y ambigua

Tras un breve intercambio de sonrisas y frases cumplidas obtuve lo que necesitaba. La dirección de la universidad de ciencias de Tel-Aviv.

Paré el primer taxi que se acercó y le entregue al taxista la nota que me había escrito Yaila con la dirección.

Me pasé casi toda la mañana yendo de un despacho a otro hasta que encontré lo que buscaba. El laboratorio de la universidad. Una vez allí, el resto fue relativamente sencillo.

La somera investigación que había realizado por la noche, antes de caer dormido, me había llevado a pensar que tal vez debía tratar de indagar un poco en la naturaleza de mi hallazgo, y de esta manera obtener algo más de información acerca de la tablilla y su significado.

Tras unas horas de intensa actividad en el laboratorio, al lado de algunos alumnos que preparaban sus tesis doctorales, obtuve algo que me dejó estupefacto. No terminaba de dar crédito a los resultados, y sin embargo, eran contundentes.

La prueba del carbono 14 databa la tablilla en la segunda mitad del siglo XX. Con un margen de error de la prueba que podía variar entre dos y diez años, eso significaba que se trataba de un objeto casi tan actual como mi iPhone, y por supuesto, sin ninguna trascendencia arqueológica. Tampoco respondía a la prueba de la existencia de una leyenda ancestral relacionada con la religión. Al menos no con ninguna religión antigua, claro.

Inmediatamente las preguntas se acumularon en mi mente. ¿Qué significado tenía esta tablilla, de aspecto deliberadamente antiguo? ¿Y los símbolos? ¿Cuál  era su verdadero significado? Lamentablemente no tenía idea de cómo avanzar por esa línea. Así que me encontré una retahíla de interrogantes agolpándose en mi cabeza

 ¿Por qué la habían dejado en el campo III? ¿Acaso alguien quería que yo la encontrara? Y la que me producía más desazón e intriga que ninguna otra. ¿Qué tenía que ver Corín con todo esto?

No tenía la respuesta, pero me propuse averiguarlo.

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